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La única transformación personal posible

La pregunta común que hacen los encuestadores para medir la felicidad es acerca del grado de satisfacción de los encuestados con su propia existencia: “¿Cómo se siente usted en la vida?” Para frustración de románticos e idealistas, el dinero influye demasiado en tan importante cálculo. Según una investigación en 43 países del ‘Pew Research Center’, un laboratorio de pensamiento (un ‘think tank’) de Washington, la felicidad media es mayor en los países ricos y disminuye, país por país, con el ingreso per cápita de sus habitantes.

No sorprende pues que las revoluciones –las reformas sociales radicales– apunten siempre a la búsqueda de oportunidades generalizadas de educación, protección médica y empleo, conveniencias estas que se consiguen con plata. La intención es perfecta y honesta, pero… ¿Pueden los gobiernos asegurar la felicidad de sus ciudadanos? ¿Podrían alternativamente aumentar su armonía interior?

Algunos estados logran distribuir la ‘felicidad financiera’ sin acudir al despotismo –los países nórdicos son los ejemplos admirables– pero, cuando los recursos económicos se reparten a la fuerza, los fracasos de la igualación son tan rotundos que empujan a la felicidad cuesta abajo y al descontento colectivo hasta cimas intolerables.

‘Felicidad’ es una palabra demasiado indeterminada: adquisiciones, exclusiones, triunfos... Armonía interior, el estado interno que nos permite estar en paz y actuar con serenidad, aun en medio de las dificultades, es en cambio una expresión más precisa.

La armonía interior no proviene de la satisfacción de deseos materiales, la eliminación de todo lo que nos disgusta, o la victoria de partidos o sectas. La transformación de los estados mentales tiene que ser ‘mi’ transformación y no puede depender de adquisiciones, exclusiones o triunfos. La ‘revolución’ personal no debe perseguir la felicidad medida por el ‘Pew Research Center’ sino abrir espacios para que la armonía interior, algo mucho más inefable y tenue, nos llegue espontáneamente.

¿Cómo abrimos la puerta para que la armonía interior nos entre? En algunos seres afortunados su armonía interior es tan natural que ni siquiera ellos parecen percatarse de ella. El filósofo J. Krishnamurti dice que la verdad –la armonía interior en mi interpretación– “tiene que encontrarse a través del espejo de nuestras relaciones, la comprensión de los contenidos de nuestra propia mente y la atención total imparcial”. 

Las cosas serían sencillas si la mente no fuera tan errática que, por andar siempre revoloteando, ni cuenta se da de lo que está ocurriendo en ella. La meditación de atención total es el ejercicio que los mortales comunes y corrientes debemos practicar para apaciguar nuestra mente y estimular la observación permanente de la vida, a medida que se desenvuelve. La meditación de atención total es como un madero con el que, en silencio, mantenemos abierta nuestra puerta mental para que la armonía interior se nos cuele.

La eliminación de los deseos desordenados, de los odios y las aversiones, y de las opiniones sesgadas es la única transformación sobre la que tenemos control. “No desees y serás el hombre más rico del mundo,” dice Don Quijote. Todas las demás modificaciones son apenas ajustes de comportamiento. La sumatoria de millones de cambios aislados es quizás una alternativa viable para una revolución social que no dependa de agrupaciones políticas ni de sectas religiosas. En esta campaña, cada persona ha de ser como un soldado sin armas ni votos ni camaradas ni fieles.

La meditación de la atención social es la única artillería que cada cual tiene para emprender tan retadora cruzada. El interrogante apropiado, sin embargo, no es si las sociedades o las naciones lograrán algún día triunfar en esta lucha generosa; eso nadie lo sabe. La pregunta correcta que debemos hacernos es clara y directa: “¿Ganaré 'mi' batalla y destruiré las causas de 'mi' desarmonía?” Para este problema, solo usted tiene –solo yo tengo– la respuesta.

Atlanta, diciembre 2 de 2014

@gustrada1