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Si Alá y Rama no existieran…

Hace cuatro años escribí una nota sobre sectarismo religioso alrededor de ‘¿Quiere usted ser millonario?’, la galardonada cinta británica que narra la vida de Jamal, un joven musulmán de la India. La película cubre las aventuras y desventuras del muchacho desde su paupérrima niñez en las barriadas de Mumbai hasta su exitosa participación en un concurso de conocimientos en la televisión. Siendo apenas un niño, la madre de Jamal es asesinada durante unos disturbios religiosos. (En los motines reales más sangrientos de Mumbai, entre diciembre de 1992 y enero de 1993, murieron más de novecientas personas).

Mientras los musulmanes tienen en Alá a su único Dios, los hinduistas veneran a centenares de divinidades. La tercera pregunta que Jamal debe responder durante el concurso es acerca de Rama, una de las deidades más populares del hinduismo. Tras formularla, el animador del programa indaga cauteloso al joven mahometano: “¿Conoce usted la respuesta?” Lo que contesta Jamal invita a profundas reflexiones: “No podría jamás olvidarla, señor; si Alá y Rama no existieran, mi madre estaría viva”.

¿Existen Alá y Rama? Para los devotos de todas las religiones, sus dioses ‘existen’; Rama es tan real para los hinduistas como Alá para los musulmanes. Los creyentes más fervorosos de todos los credos ‘ven’ en sus éxtasis a los seres inmateriales de su devoción; el cerebro no distingue entre lo que cree sinceramente y lo que conoce a ciencia cierta. San Agustín lo explica con claridad meridiana: “Fe es creer lo que usted no ve; la recompensa de esta fe es ver lo que usted cree”.

Cuando mi hijo Carlos leyó mi escrito, me envió un mensaje aprobatorio: “Tu nota me gustó porque, en el auge actual del terrorismo islámico, debemos recordar que también hay víctimas musulmanas y verdugos de otros credos”.  Menos de tres años después mi hijo moriría durante un asalto islamista en Argelia, África.  

¡Qué dolor tan indescriptible es la desaparición trágica e inesperada de un hijo! Carlos fue un ser excepcional como padre, esposo, hijo, hermano, profesional, amigo, ciudadano… Amaba la vida con una intensa y espontánea pasión; disfrutaba la lectura, los diálogos, los chistes, el buen vino, las matemáticas… Adoraba el futbol, el Deportivo Cali, la selección Colombia, el baile, Shakira, el rock, Queen, los vallenatos… Cada minuto y cada conversación de su vida le parecían especiales.

Solo quienes, como mi hermana Carmenza, han atravesado calvarios semejantes pueden imaginarse la dimensión de tan absurda pena. Cuando mi sobrino murió en un accidente de tráfico, quise reconfortar a mi hermana con una nota de reto y esperanza. “El único corazón verdaderamente completo es aquel que es capaz de recomponerse después de estar roto en mil pedazos”, le escribí en la dedicatoria de algún libro. Jamás imaginé que años después tendría que releer mi propio mensaje para infundirme yo mismo coraje y ánimo.

Las violencias políticas, nacionalistas, raciales o deportivas, como todo acto de terror, son deplorables y no existen motivaciones justificadas para respaldar sus horrorosos desenlaces. En estas expresiones del fanatismo sus sanguinarias raíces son mundanas y visibles: caudillos vociferantes, colores, banderas o símbolos; afiliaciones o segregaciones incondicionales; intereses disfrazados de ideales…  

La barbarie religiosa es aún más demencial y las doctrinas que la respaldan están construidas sobre aire; sus raíces son metafísicas e invisibles. En sus actos de terrorismo participan grupos enfermizos de seguidores, educados algunos, que planean y ejecutan atentados salvajes para promover o defender creencias etéreas indemostrables.

Lo absurdo de las circunstancias hace más agudo mi dolor y el de mi esposa. Doce meses después de tan insensata tragedia, aún no logro recomponerme.  Carlos es inolvidable para todos los que le conocieron; a mi esposa y a mí, su recuerdo nos acompañará hasta nuestro último aliento. 

Mi corazón continúa incompleto. Mientras estas líneas escribo, lloro por milésima vez. Sé que en algún momento podré recordar con absoluta serenidad a mi hijo; todo lo que él alegró en vida ha de apaciguar mi tristeza en su muerte. Pero, por el momento y en medio del inmenso desconsuelo, todavía resuenan en mi desconcertada cabeza unas palabras paralelas a las de Jamal: “Si Alá y Rama no existieran, mi hijo estaría vivo”.

 

Gustavo Estrada
@gustrada1

Atlanta, Enero 17, 2014​