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​​Recuerdos falsos y mentiras verdaderas

Cuando narramos cualquier experiencia, ‘tal como si la estuviéramos reviviendo’, ¿estamos seguros de que nuestra crónica es verídica? Considerando la claridad de los recuerdos, pensamos, no hay duda de que la historia es exacta, ¿correcto? ¡No siempre! A pesar de la firme convicción, la intervención de diversos factores puede convertir nuestro relato en un episodio más del ‘síndrome de la memoria falsa’.

Este síndrome, que nos lleva a crear recuerdos ficticios, es una incomodidad mayor para el sistema jurídico pues muchas declaraciones fehacientes que, sin provenir de testigos arreglados, son engañosas. Por esta razón, el fenómeno está siendo cuidadosamente investigado. Entre sus diversas causas, las memorias falsas provienen de abusos de infancia, deseos intensos de algo, situaciones traumáticas, o historias ajenas que por repetitivas se vuelven propias.

El ejemplo de memorias falsas que más repito gira alrededor del trágico asesinato del doctor Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá el 9 de abril de 1948 un poco después del mediodía.  Unos minutos antes, el jefe único del partido liberal colombiano y varios amigos -los doctores Plinio Apuleyo Mendoza, Jorge Padilla, Pedro Eliseo Cruz y Alejandro Vallejo- salieron juntos de la oficina del doctor Gaitán. Sus cuatro copartidarios, que caminaban al lado o detrás del líder en el instante de los disparos fatales, deben haber sido sus últimos interlocutores.

En los cerebros de los doctores Mendoza, Padilla, Cruz y Vallejo, el síndrome de la memoria falsa hizo su juego. (O, por lo menos, en tres de ellos). Sus declaraciones juramentadas, que aparecen en el expediente del homicidio, son mutuamente contradictorias. Las discordancias notables sobre la secuencia de los eventos han sido puntualizadas por el periodista colombiano Jaime González Parra, quien se encontraba a pocos metros del lugar del crimen. Los registros neuronales de los amigos del caudillo -personas educadas e imparciales- fueron sin duda alguna alterados por el siniestro.

​​​​La psicóloga cognitiva Elizabeth Loftus de la Universidad de Washington en Seattle, una investigadora de la maleabilidad de la memoria, ha demostrado en numerosos experimentos que las memorias falsas pueden sembrarse en nuestras cabezas con sorprendente facilidad.

El Manual de Desórdenes Mentales de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría todavía no incluye el síndrome de la memoria falsa como un desarreglo psíquico, a pesar de su impacto en los estrados jurídicos. Los mentirosos involuntarios, por otra parte, están aún lejos de considerarse un problema social mayor y mucho menos un problema médico.

No obstante, el asunto lo siguen profundizando. Los recuerdos alterados en centenares de sujetos durante los experimentos de la doctora Loftus fueron implantados ‘desde afuera’, en personas, a través de sugestiones. Más recientemente, Steve Ramírez y Xu Liu han obtenido efectos similares en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, esta vez ‘desde adentro’, en ratones, mediante la manipulación directa de sus hipocampos (las partes del cerebro involucradas en la formación de memorias).

En una serie de sofisticados ensayos, estos neurocientíficos colocaron recuerdos inexistentes en las neuronas mismas de los ratones y luego confirmaron su presencia. Durante la verificación, los animalillos ‘re-memorizados’ se paralizaron de pánico en jaulas inofensivas pues los micro-ajustes efectuados en sus hipocampos los llevaban a rememorar choques eléctricos que en esas jaulas nunca habían recibido.

Así nuestro cerebro sea unas tres mil veces mayor que el de los roedores, sus modos de operación son similares; las conclusiones ‘ratunas’ son extrapolables a las neuronas ‘humanas’. Las memorias ficticias son tan reales -tan neuronales- como las verdaderas, y el propietario del cerebro (persona o ratón) no distingue unas de otras. Este hecho científico agrega otro signo más de interrogación a los muchos significados que la palabra ‘verdad’ ya tiene.

 

Gustavo Estrada
@gustrada1​​​ 

Smyrna, GA., Febrero 2014​

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