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¿Somos racionales o intuitivos?

Razón es la capacidad de pensar con lógica; intuición es la facultad de comprender sin necesidad de razonar. La mayoría de los humanos, así seamos brutos, nos consideramos ‘razonables’. Como personas sensatas y con fuerza de voluntad, obramos por reflexión y elección, y poseemos libre albedrío. ¿De comportamiento intuitivo  e instintivo? Poquitico, casi nada.

Pues estamos bastante equivocados. Nuestro proceder, como ahora lo saben los neuro-científicos  y psicólogos, es mucho más intuitivo que racional, mucho más irreflexivo que consciente. El gremio de  los publicistas, sin embargo, es excepción a la regla; sus miembros bien saben desde tiempo atrás la forma cómo la mayoría de la gente toma sus decisiones. Los publicistas, ellos mismos intuitivos, conocen las artimañas del subconsciente y por años han tomado ventaja de la torpeza colectiva. Los publicistas no solo son intuitivos sino que saben manejar muy bien los instintos ajenos.

Hasta finales del siglo pasado, todos repetíamos sonrientes y de memoria los anuncios de la televisión y de la radio, prestándole  poca atención al contenido. Pocos pensaban que las propagandas fueran dañinas, así muchos sí las consideraran inútiles y hasta tontas, a pesar de su innegable impacto en las ventas. De la noche a la mañana, los desarrollos tecnológicos cambiaron todo radicalmente y los anuncios modernos se movieron a niveles preocupantes.

Con la masificación de laptops, tabletas electrónicas y teléfonos inteligentes, a los comerciales ya no los seguimos, son ellos los que nos rastrean y acosan; todos estamos tan embebidos con nuestros equipos que ni siquiera nos damos cuenta que poco a poco estamos hipotecando cualquier nivel de albedrío que pudiéramos tener.  

Aclaremos esto con un ejemplo. Hace poco busqué por Internet un tiquete aéreo, anoté mi itinerario, miré por encima dos alternativas y, aún sin comprarlo, me trasladé a algún diario digital. Allí mismo, en la ‘primera’ página, surgió ‘telepáticamente’ una propaganda que ofrecía el trayecto aéreo que necesitaba más ofertas de hoteles, restaurantes y atracciones en mi destino. ¿Les ha sucedido algo parecido?

Si su respuesta es negativa, usted no ha notado las propagandas (aunque su subconsciente sí lo ha hecho) o nunca compra por Internet. En el 2013 los anuncios en línea costaron ciento veinticinco mil millones de dólares (125 más nueve ceros), una cuarta parte del presupuesto planetario de publicidad.

Los programas ‘súper-sofisticados’ que utilizan ahora los publicistas más expertos están rastreando, 24/7, todos los sitios de la web que recorremos  y de nuestras  consultas, infieren hoja de vida, balance financiero, tamaño de familia, núcleo social, aficiones…

Según ‘The Economist’, la base de datos de una firma (que no identifica) maneja mil millones de clientes potenciales, con cincuenta atributos de cada uno. Dice la revista inglesa: “Los perfiles de comportamiento son ahora virales en la Red, permitiendo a las empresas llegar a sus probables compradores con mensajes específicos en función de su ubicación, intereses, historial de páginas consultadas y grupo demográfico; los anuncios persiguen a los usuarios de un sitio a otro”. Si bien me siento bastante racional, ahora creo que el Homo sapiens moderno no lo es tanto. Que somos robots neuronales es una premisa con la que simpatizo pero, eso sí, robots racionales, inteligentes y autónomos.

Los filósofos, en general, siempre han defendido el libre albedrio pero, desde los años ochenta, a los científicos les ha dado por contradecirles. Mediante ingeniosos experimentos para respaldar sus aseveraciones, numerosos biólogos, neurólogos y genetistas están rechazando con énfasis creciente la teoría del libre albedrío, posibilidad esta que desconcierta a juristas y moralistas por igual.

El debate está lejos de cerrarse. Sosteniendo que hay demasiada ingenuidad en algunos de los estudios científicos, el filósofo evolucionario Daniel Dennett defiende el libre albedrío y considera que hay todavía mucha tela por cortar en la controversia. Ojalá este pensador ateo tenga la razón.

No hay conclusión cercana en cuanto a la posesión o carencia de  libre albedrío ni fallo tajante al respecto; la respuesta calificada parecería estar en algún punto intermedio, con cierto grado condicionado de poder sobre nuestras decisiones. Aunque no tengo una posición definitiva, sí me atrevo a aseverar que, donde quiera que ese punto intermedio se encuentre, nuestro libre albedrio –nuestro poder racional de decisión–, con las refinadas tecnologías de publicidad y mercadeo del tercer milenio, está perdiendo peso y va  a ser cada vez más difícil defenderlo.

Gustavo Estrada
@gustrada1​

Atlanta, octubre 24, 2014