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Productividad y desempleo

Gracias a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), la productividad empresarial –la relación entre resultados obtenidos y recursos utilizados– ha crecido sustancialmente en las décadas recientes. Con tal incremento, las ventas por empleado, un indicador que mide la productividad per cápita, aumentan al mismo ritmo mientras que el nivel de empleo, una crítica estadística social, se mueve en sentido contrario. Las TIC están eliminando puestos por millares y las tasas de desocupación podrían alcanzar pronto valores insospechados. Hay anticipos claros de un desequilibrio mayor pues unos 35 países o regiones políticas, la mayoría tercermundistas, tienen hoy un desempleo superior al veinte por ciento.  

Con la optimización de los procesos comerciales, numerosos cargos están siendo reemplazados por combinaciones admirables de software y hardware. No sólo las funciones corrientes son ahora más eficientes sino que los programas integrados trasladan a los compradores ‘externos’, que no cobran sueldo, diversas tareas que antes eran ejecutadas por personal en nómina. La cadena intermediaria entre las fuentes y los destinos de productos y servicios –fábricas y consumidores, proveedores y usuarios, imprentas y lectores, productores de cine y espectadores, empresas de transporte y viajeros– se está encogiendo cuando no desapareciendo.

La necesidad de tolerar cierto grado de ineficiencia y de soltar el acelerador de la optimización se está volviendo inminente pues, paradójicamente, la súper-productividad está trayendo problemas. La evaluación financiera de los proyectos que buscan reducir mano de obra –léase todos los proyectos de mejoramiento– debería incluir en los análisis financieros el impacto negativo de la eliminación de puestos. ¿Podría añadirse un cargo social a los análisis de los flujos de caja?

La idea de favorecer la improductividad parece a todas luces incongruente. El razonamiento, sin embargo, es difícil de controvertir: Los aumentos de rendimiento generan desempleo, que  conlleva incrementos en delincuencia, que exige acciones preventivas y correctivas, que requieren gastos, que gobiernos y empresas deben absorber, que demandan impuestos y cargos adicionales futuros... El valor presente alterno sería el costo de no cortar unas cuantas cabezas (y mantenerlas ocupadas con cierto nivel de ineficiencia) pues su eliminación acumulativa resultará socialmente inconveniente.

La tolerancia a la ineficiencia deberá ser aún mayor en el tercer mundo. Es cierto que el desarrollo y la fabricación de las tecnologías optimizadoras generan cargos antes inexistentes pero estos nuevos trabajos surgen, no en los países donde se van a cruzar los brazos, sino en puntos diferentes de la cadena global (China, Corea, India…).

La distribución de productos a través de súper-almacenes es un ejemplo típico de las ineficiencias que podrían aceptarse. Un estudio efectuado en 2006 por el economista David Neumark de la Universidad de California en Irving con otros investigadores concluyó que cada nuevo empleo creado en la apertura de una tienda gigante desplaza 1.4 vendedores en la comunidad donde el negocio se establece.

Para un volumen dado de ventas en una localidad determinada y con el enfoque tradicional de tiendas menores en cada cuadra, más personas con menores salarios recibirían su pago semanal. Las ventas por individuo y los sueldos en los grandes almacenes son, por supuesto, mayores que en los pequeños locales pero con estos habría menos desempleados.

Las sociedades modernas se están desplazando hacia un escenario en el cual tener un empleo podría  convertirse en un privilegio. El artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, establece que "toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo". Esta civilizada prerrogativa se encuentra ahora en jaque y podría tornarse insostenible cuando el desempleo sobrepase el treinta por ciento en la mayoría del planeta.

La tolerancia de la ineficiencia es un planteamiento difícil de aceptar y esta nota no busca fomentar la improductividad mediante la ruptura de procesos saludables hoy en operación. Sin embargo, el reconocimiento del valor social de los puestos de trabajo ‘ya existentes’, cuando su eliminación no es imperativa, es algo digno de tomarse en cuenta. Quienes rechazan tal opción de plano, deben al menos tomar consciencia del gran desafío que representa un desempleo fuera de proporciones para, de alguna forma, anticipar posibles líneas de acción.

Gustavo Estrada
​​@gustrada1

Atlanta, octubre 13 de 2014​