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Pasión futbolística y tribalismo

Gocé más allá de mis expectativas los dos partidos iniciales de la Selección Colombia  (con Grecia en Belo Horizonte y con Costa de Marfil en Brasilia) durante la reciente Copa Mundo 2014. Jamás había presenciado  tanta ‘colombianidad’ como la de los millares de coterráneos que viajaron a Brasil: abrazos a diestra y siniestra, fotos con desconocidos que jamás veremos de nuevo, sonrisas permanentes, saludos efusivos de extraños… “¡Tómese un aguardiente, señor!”  Y ni hablar de las celebraciones de los cinco goles que viví en espacio y tiempo reales. Me cuentan, para mi satisfacción, que en el suelo patrio el júbilo fue similar aunque opacado por numerosos desafueros. ¿De dónde provienen tan positivo regocijo y tan reprochable agresividad? Escarbemos un poco las ciencias evolutivas.

En los remotos ambientes hostiles, milenios y eras atrás, aquellos primitivos, cuyas mutaciones genéticas favorecían la cohesión grupal, tuvieron mayores probabilidades de sobrevivir y dejar descendencia. Los huraños, en cambio, poco lograban ‘casar’ parejas para reproducirse o ‘cazar’ presas cuyas proteínas  aumentarían con el tiempo el tamaño de su cerebro (factor este determinante en el desarrollo de las cualidades mentales superiores). Los sociables, no los solitarios, fueron nuestros ancestros. Como consecuencia de la selección natural, los humanos somos organismos grupales y la necesidad de pertenencia es una característica innata.

Las conflictos de hace millones de años (que suponen los antropólogos) y los de milenios recientes (respaldados por rastros históricos) casi siempre se originaron en disputas territoriales por los mejores recursos alimenticios. En tales batallas, que aún hoy se repiten, los bandos más acoplados –los más aglutinados- triunfaron y dieron lugar a la  multiplicidad existente de tribus y etnias. En los combates primitivos, los derrotados apenas sobrevivían  y la victoria –la única alternativa para continuar existiendo- generaba en los triunfadores, por supuesto, una felicidad arrobadora.

La modernidad nos ha llevado a ser menos guerreros. Así un bombardeo aéreo o un ataque terrorista cobren en segundos más vidas que una  hueste primitiva en semanas,  el mundo contemporáneo, comparado con el pasado lejano, es  un ‘remanso de paz’. “Créanlo o no -y sé que muchos no lo creerán- la violencia ha decrecido a través del tiempo, y hoy podemos estar viviendo en la más pacífica era de la existencia de nuestra especie”, declara el científico cognitivo Steven Pinker en su libro “Los mejores ángeles de nuestra naturaleza”.

No obstante progreso y milenios, nuestro cerebro se comporta de la misma forma que el de los distantes antecesores del Homo sapiens y, esencialmente, seguimos siendo tribales. Las banderas, los uniformes, las pinturas faciales y las consignas de los fanáticos de un equipo deportivo actual deben ser similares a los de nuestros lejanos antepasados cuando se lanzaban al ataque. No es de extrañar, consecuentemente, que  las multitudes disfrutemos tanto las victorias de nuestro equipo -la ‘tribu’ alrededor de una camiseta- o de nuestro país -el gran clan de la patria-. Y que, con el alcohol o con otro neutralizador de la inhibición, demos rienda suelta a la violencia tribal, sea que ganemos o salgamos derrotados.

¿Habría yo –habría toda la patriótica afición- disfrutado tanto el Mundial 2014 si la actuación de nuestra selección hubiera sido inferior? Desde luego que no. Milenios atrás ‘triunfo’ era ‘supervivencia’ y ‘derrota’ significaba ‘muerte’. Metafóricamente es igual en el fútbol. Gracias a un gran equipo, la felicidad ancestral invadió a los colombianos y aún en el descalabro frente a Brasil nos sentimos mejores. Por unos cuantos días todos fuimos felices y el apego a nuestra bandera nos permitió gozar en serie de cuatro éxitos extraordinarios.

El riesgo de sufrir derrotas deportivas es altísimo y toda competencia tiene al final más caras largas que sonrientes. Como sucedió en la evolución de las especies, únicamente los más aptos –los más estables- sobrevivieron y solo un país entre treinta y dos alcanzó la satisfacción definitiva en la Copa Mundo. Las alegrías que nos proporcionó la Selección Colombia, consecuentes con nuestro instinto tribal, fueron inmensas. Los desmanes que ocurrieron alrededor de los triunfos o de la derrota también fueron subproducto inaceptable del tribalismo que nos queda de nuestros antepasados remotos. Y, por supuesto, también consecuencia de los aguardientes que, como el que me ofreció el compatriota desconocido en Belo Horizonte, desinhibieron los saludables controles culturales que nos ha sembrado el progreso y que, según Steven Pinker, han disminuido la violencia.

Gustavo Estrada
@gustrada1​

Atlanta, Julio de 2014​