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​​​​Espiritualidad y asombro

La palabra ‘espíritu’ proviene del latín ‘spiritus´ que significa ‘respiración, porción de viento, soplo de vida…’ Desde aquí, ‘espíritu’ evolucionó hacia ‘ángel’, ‘demonio’ y ‘fantasma’, por un lado, y hacia ‘el principio esencial de una cosa’, por otro. Posteriormente, el término adquirió contexto religioso para describir la divina substancia, la divina naturaleza de Cristo y, por supuesto, el Espíritu Santo.

Espiritual es lo que pertenece a o se relaciona con el espíritu. ¿Pueden ser espirituales quiénes niegan, dudan o no toman partido con respecto a la existencia de entidades sobrenaturales? Si limitamos la definición de ‘espíritu’ a objetos metafísicos, no; si allí incluimos el sentido de principio esencial de las cosas, absolutamente sí. “Espiritualidad es nuestra relación emocional con las preguntas que no tienen respuesta”, dice el norteamericano Jaron Lanier, científico de la computación y compositor.

Cuando no logramos comprender ​la causa​ de​ un fenómeno, como nos ocurría en nuestra propia infancia y como debió ocurrir en la infancia de la humanidad, nos inventamos causas descabelladas que involucran seres imaginarios. En mi niñez lejana, si la madera del piso crujía sin razón obvia, era señal clara, decían los mayores, de que había pasado un fantasma; el que tales entes carecieran del peso físico​ requerido para hacer sonar las tablas no era consideración que pusiera en duda la explicación. Si una mecedora se balanceaba ​con​ alguna corriente imperceptible de aire, el alma en transición de algún moribundo estaba recogiendo sus pasos.

Con eventos similares debieron​ nuestros ancestros remotos​ inventarse los fantasmas, los espantos y las almas. Los humanos modernos, que estamos presenciando los prodigios de la ciencia y la tecnología (afortunadamente alcancé a vivir esta modernidad), ya no creemos en apariciones de espectros ni en recogidas de pasos de agonizantes.

Los registros históricos de las culturas más antiguas describen seres mitológicos​ autónomos con capacidad de intervenir en asuntos mundanos. Tales ‘inventos’ debieron surgir de los muy limitados conocimientos en los cerebros de la época, ​que no alcanzaban para aclarar los más elementales interrogantes.​​

​​El cerebro es un órgano tangible en nuestra anatomía y allí no hay asiento alguno para el homúnculo que sugirió Descartes, el filósofo francés, o para una entidad autónoma etérea que nos sobrevivirá cuando físicamente desaparezcamos. “No hay una identidad  intangible detrás de nuestras manifestaciones materiales”, dijo el Buda.

La mente es lo que la corteza prefrontal​ de ese cerebro hace y que el cerebro de los otros mamíferos no puede hacer. Tal vez tome siglos el esclarecimiento de la forma precisa como tal portento funciona o quizás nunca lo sabremos. “La comprensión de los detalles de nuestros procesos biológicos (cuando logremos resolver los misterios de la mente), no disminuirá nuestro asombro; por el contrario, lo aumentará,” dice el neurocientífico David Eagleman. Igualmente sucederá con los otros pendientes de aclarar, desde por qué en el espacio hay un universo (y quizás varios) en vez de nada, pasando por el surgimiento de la consciencia en el primer homínido, hasta llegar a usted, amable lector, que quizás se está preguntando ahora por qué existe.

Cada nuevo fenómeno que los investigadores logran explicar sobre la complejidad descomunal de nuestro sistema nervioso abre un nuevo interrogante, en una cadena interminable. Todos sus eslabones, tanto los​ ya​ ​comprendidos como los que permanecen indescifrables, nos deslumbran.

La espiritualidad no religiosa se origina pues en la curiosidad misma de buscarle causas a los efectos que no entendemos. Como tal, la espiritualidad tiene más que ver con las preguntas alrededor de lo que nos maravilla -por qué crujió la madera, por qué se movió la silla, por qué ese paisaje es tan bello, por qué la Sonata Primavera para violín y piano es tan hermosa, qué había antes del big bang- que con las respuestas, descabelladas o racionales, que les demos a esas preguntas.

Hay misterios que se resuelven y eso es asombroso. Y hay enigmas que durante nuestra parábola vital -durante nuestro ‘nunca’ personal´- no encontrarán solución. Eso es igualmente asombroso. El desarrollo de la consciencia es el más grande de esos enigmas.​ Y en su admiración florece la espiritualidad no religiosa.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Inner Harmony through Mindfulness Meditation’
www.harmonypresent.com​​​​ 

@gustrada1​ 


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