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​​​La importancia de mirar hacia adentro

​Internet está repleto de pensamientos inteligentes, bellos, filosóficos… También abundan las opiniones tontas, cursis, insensatas… Lo cierto es que hay en la red docenas de frases interesantes que nos fascina circular a nuestros amigos, unas como bondadosos consejos de vida, otras como muestra de nuestras reflexiones profundas con sabiduría ajena. Acabo de recibir una presentación que tenía un centenar de tales frases (amanecí como desocupado hoy) y dos de ellas, contradictorias entre sí, 'inspiraron' esta nota.

La primera dictamina con énfasis: "Solo una persona puede impedirte llegar muy alto y esa te mira todos los días desde el espejo".  La segunda es menos retadora: "Cierra los ojos de 'afuera' y abre los ojos de 'adentro'. Observa, siente y deja que tu ser esencial decida". Mi forma de vivir hoy se inclina, sin titubeos, por el segundo razonamiento. ¿Cuál prefiere usted?

No siempre miré hacia adentro. De muchacho quería llegar altísimo pero no tenía idea alguna de la torre o la cordillera a las que tenía que treparme. Corrí, eso sí, a mucha velocidad: Todos mis estudios -bachillerato, universidad, postgrado- los terminé rápido, temprano y bien… Y a los veinticuatro años me sangró una úlcera duodenal.

Cinco días estuve hospitalizado en Suecia y cinco litros de sangre sueca me inyectaron. (Los ojos se me alcanzaron a azular). Con benévola intención, un amable médico me recomendó entonces la adquisición de algún hábito que me 'obligara' a quedarme quieto; la pesca fue su sugerencia. Los Beatles todavía no habían viajado a la India para traer la meditación a Europa y nadie recomendaba esa rara práctica entonces. Ni comencé a pescar ni mis angustias gástricas cesaron.

Casi una década después me inicié en el yoga y, ahí sí, los antiácidos desparecieron de mi vida. Sin embargo, otros males -ansiedad, estrés y asociados- no se iban del todo y el espejo ambicioso seguía retándome. Me dediqué a ensayar muchas otras alternativas, unas atenuantes, otras demandantes, que pronto me convirtieron en un 'buscador'. El que en aquella época no buscaba era porque no sabía que estaba perdido.

​En vista de que mis dolencias no físicas se negaban a dejarme tranquilo, entré en la meditación, que ya comenzaba a ponerse de moda. La utilización de diversas muletas para sostener la atención y apagar las distracciones -mantras, malas, música, cánticos, figuras, instrucciones verbales- conduce a las numerosas variantes y denominaciones de la meditación. Por alguna de ellas hay que comenzar. En paralelo, leí cuanto libro inspirador que se me cruzara y asistí a cuanto taller de renovación que me recomendaran.

En este largo proceso me interesé también por la psicología blanda (Wayne Dyer, Og Mandino y compañía) y luego investigué estudios más formales en el territorio de las ciencias evolutivas y cognitivas. De tanto escarbar, ¡Eureka! Comprendí al fin la diferencia entre el budismo y las enseñanzas del Buda: Aquel es una religión; estas son una manera de vivir. Así nació "Hacia el Buda desde occidente", mi resumen de la esencia de las enseñanzas y mi demarcación de lo que son mitos y creencias. Con la meditación de atención total, eje de las enseñanzas, pasaría del espejo externo y exigente, que me mandaba a volar alto, a la observación interior que me llevaría hacia donde iba a sentirme bien.

¿Tienen todos que dar tantas vueltas? ¡No! ¿Es mi marcha un camino por seguir? ¡Menos! Cada viaje es personal y único. Las direcciones honestas de guías y textos que no intentan afiliarnos a una secta, hacernos clientes permanentes de un servicio o vendernos fórmulas mágicas, resultan útiles. Y pueden ahorrarnos muchos kilómetros.

Para algunos la ruta resulta fácil y natural como si hubieran nacido con sus ojos interiores abiertos. Estos seres especiales no necesitan seminarios, libros o maestros espirituales. Para los demás, los manipulados por el espejo del primer pensamiento y por los espejismos sociales, el itinerario nos resulta más abrupto y las instrucciones y ayudas desinteresadas de terceros pueden, en verdad, ayudarnos​. Cerrar los ojos, la segunda recomendación, y observarnos en silencio, sin juicios y sin expectativas, es el camino, sencillo y complicado a la vez, para aplacar nuestros deseos desordenados y nuestras aversiones, y así adiestrar nuestra mente para que se quede quieta y callada. ​

Gustavo Estrada
Autor de 'Hacia el Buda desde occidente'
www.harmonypresent.com/Armonia-interior​ 


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