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¿Es la mente un sexto sentido?

Como todos sabemos, los cinco sentidos convencionales son la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Sus correspondientes órganos -ojos, oídos, nariz, lengua y los receptores neuronales localizados en la piel y en otras partes del cuerpo- generan señales sensoriales, desde afuera y desde adentro del organismo, que se transmiten al cerebro; allí tales señales son percibidas y procesadas, o son ignoradas.

Ver es lo que hacen nuestros ojos, oír es lo que hacen nuestros oídos, oler es lo que hace nuestra nariz…  "La mente es lo que hace nuestro cerebro", dice el sicólogo norteamericano Steven Pinker. Esta frase demanda más precisión: La mente es lo que el cerebro humano hace -más exactamente, lo que la corteza prefrontal hace- y que el cerebro de otros animales no hace. La mente es la combinación de elementos en el cerebro que siente, percibe, desea, recuerda, razona y es consciente del ’yo’ propietario de ese cerebro.

¿Es la mente un sexto sentido? El Buda lo considera así. La respuesta en una u otra dirección suscita controversia pues hay desacuerdo en cuanto al número de ‘sentidos’ que poseemos. La declaración de que la mente es ciertamente un sexto sentido implica que, así como los otros cinco tradicionales, la mente también es un fenómeno biológico y un producto de la  evolución por selección natural.

En cuanto a su naturaleza biológica, dice el filósofo inglés Gilbert Ryle: "La mente no es un fantasma amarrado a una máquina corporal". No hay operaciones mentales y operaciones corporales independientes; sin intervenciones metafísicas, la mente ‘ocurre’ en el cerebro, que es una parte del cuerpo.

En lo que respecta a la evolución, los cinco sentidos reconocidos precedieron por eones al hipotético sexto. El olfato quizás fue el primero. Millones de años atrás, una de las cosas que hicieron las entidades vivas primitivas, además de copiarse a sí mismas, fue desarrollar la capacidad de olfatear las moléculas que anexarían a sus organismos; las plantas actuales, que carecen de órganos sensoriales, pueden olerse unas a otras.

En una secuencia súper-lenta, los seres vivos fueron progresivamente capaces  de probar, tocar, oír y ver. Luego, hace unos instantes en la larguísima línea de la vida (unos 3.500 millones de años),  hicieron su aparición los primeros antepasados homínidos, capaces de reflexionar y reconocer su existencia. ¿Cómo pudo ocurrir esto?

En algún momento, como consecuencia de mutaciones genéticas, algunos ancestros lejanos desarrollaron una consciencia rudimentaria cuyo progreso se convirtió en una recompensa evolutiva a diversas cualidades favorables a la supervivencia.

En un experimento de pensamiento, el neurobiólogo portugués-norteamericano Antonio Damasio  compara el potencial de supervivencia  de dos  antropoides remotos, uno con rastros elementales de una función mental, un poquito de historia personal o un simple toque de individualidad, y un segundo primate sin señal alguna de mente, memoria o sentido de identidad.

El primer primate, al enfrentarse a alguna amenaza, no sólo experimentaba miedo y tomaba decisiones instintivas de luchar o huir, como haría cualquier otro mamífero, sino que también podía recordar circunstancias similares anteriores y reproducir las acciones que ya habían demostrado serle útiles. Las probabilidades de supervivencia del primer antropoide eran ciertamente mayores que las del segundo; cada éxito que tuviera este último, el mono sin mente, era fruto exclusivo del azar.

Sean o no un sentido, es claro que las facultades mentales, incluido el reconocimiento del ’yo’, son fruto de la evolución por selección natural; las alternativas a esta línea de pensamiento requieren de creencias metafísicas.

Sin noción alguna de la evolución de las especies, el Buda es específico acerca de la naturaleza material del sentido de identidad. El sabio declara que "no hay expresión sobrenatural alguna en el cuerpo, las señales sensoriales, las percepciones, las formaciones mentales (los condicionamientos) o la consciencia”. Veinticuatro siglos después, el naturalista Charles Darwin, el primero en hablar de evolución y psicología evolutiva, muestra cómo se transformaron las especies hasta llegar al hombre moderno inteligente, la punta superior del árbol de la vida.

Todas nuestras facultades mentales, incluida la consciencia de nuestra individualidad -de nuestro ‘yo’-, son pues fenómenos biológicos perfeccionados por la selección natural. La aceptación de este hecho nos pone los pies sobre la tierra. Esto es lo importante. Que a la mente la consideremos o no un sexto sentido es algo secundario.

Gustavo Estrada
@gustrada1​​​ 

Atlanta, septiembre 17 de 2014

 

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