Skip Navigation LinksLa-inmortalidad-sería-chévere

La inmortalidad sería chévere

La muerte es trágica y, si no envejeciéramos ni nos enfermáramos, la inmortalidad sería chévere. En busca de eternidad, los humanos nos inventamos hace milenios un espíritu paralelo –una energía, una consciencia– que reencarnaría, renacería o resucitaría cuando muriéramos. Y por ese mismo afán de perpetuarnos, también procuramos hacer cosas notables que tal vez nos permitan perdurar en la historia… o al menos en Google. Siendo incrédulo, Woody Allen no le camina a la primera alternativa y rechaza la segunda: "No deseo ser inmortal a través de mis obras; yo quiero ser inmortal no muriendo". Desde hace varias décadas los científicos le están parando bolas al humorista gringo. Miremos dos noticias recientes al respecto. 
Hace poco falleció a los 58 años el criptógrafo, programador y futurista Harold Finney, víctima de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una devastadora enfermedad neuronal motriz. La mayoría de las personas diagnosticadas con ELA preferirían una muerte rápida a cualquier opción de prolongar con tratamientos una existencia de inmovilidad casi total. No el obstinado Finney. Así sus músculos estuvieran paralizados, el criptógrafo, consciente de su lucidez, decidió luchar hasta más allá de su último momento. Cuando ya no podía comunicarse de forma alguna, fue desconectado de su ventilador y, siguiendo sus instrucciones, su cuerpo fue congelado en nitrógeno líquido tan pronto fue declarado muerto. 
El cuerpo de Finney y los de otros varios centenares de optimistas se encuentran congelados en la Fundación Alcor para la Preservación de la Vida, una organización sin ánimo de lucro de Scottsdale (Arizona), a la espera de desarrollos tecnológicos que permitan tanto restaurarles la vida como curarles las enfermedades que los acabaron. Tal vez en unos cincuenta años, el futurista Finney retornará a este mundo, supongo que con la edad biológica que tenía al fallecer en agosto pasado. (Algunos teólogos cristianos sostienen que cuando resucitemos al final de los tiempos todos tendremos 33 años, la edad de Jesús al morir). 
Con un enfoque diferente y con mucho sentido, otros científicos están centrando sus investigaciones de la inmortalidad hacia el código genético de quienes todavía se encuentran vivos. CRISPR (una sigla extrañísima) es un campo de la ingeniería genética que estudia unas micro-fracciones moleculares que se repiten (supongo que nadie sabe por qué) en la interminable cadena del ADN. Pues alrededor de CRISPR han crecido una variedad de técnicas que, entre los muchos milagros que podrían ejecutar, estarían la resurrección de los mamuts (unos parientes de los elefantes que desaparecieron hace unos 4.500 años) y, eventualmente, la del hombre de Neandertal (nuestro primo más cercano que se extinguió hace unos treinta milenios).
George Church, profesor de genética de Harvard, ve un potencial impresionante en el asunto. Si alguna técnica CRISPR pudiera recrear un animal desaparecido hace siglos a partir del ADN recuperado de un fósil antiquísimo, pues deberá ser más simple reversarle la edad biológica a un viejo millonario que todavía está vivo y tiene con qué cubrir los gastos. Dice el doctor Church: "El objetivo no es postergar la muerte para prolongar la peor parte de nuestras vidas sino revertir el envejecimiento. Estamos investigando la secuencia completa del genoma de súper-centenarios. Es probable que no sea su entorno lo que fija las reglas de la edad biológica sino otros factores raros (aún por descubrir)." También aquí habrá que esperar por lo menos medio siglo. 
Cada persona tiene sus propios cálculos, optimistas o pesimistas, de su expectativa vital. Como a la mayoría de la gente, a este columnista le gustaría ‘vivir’ bastantes años más, resaltando la palabra ‘vivir’… porque ‘durar’ solamente no le interesa. Mientras tengamos salud física –y como el cerebro es parte del cuerpo, sobra añadir ‘mental’–, ¡qué viva pues la vida! 
Sin embargo, como las técnicas CRISPR están aún en pañales y la parca se mantiene al acecho con su guadaña macabra para cortar cabezas al azar, es mejor aceptar nuestra transitoriedad y desapegarnos de nuestra fugaz existencia. Así el instinto de supervivencia nos incite a permanecer, debemos todos adueñarnos de los versos de Porfirio Barba Jacob “…Hay ¡Oh Tierra! un día... un día... un día... En que levamos anclas para jamás volver; un día en que discurren vientos ineluctables... Un día en que ya nadie nos puede detener.” En cualquier instante de esas 24 horas fatales pues… nos vamos y nos fuimos. Preparados quizás no estamos pero ¿advertidos? Definitivamente sí. 

 

Gustavo Estrada
Atlanta, diciembre 11 de 2014​