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Del caos a la armonía

Las intenciones de cambios son casi siempre llamativas, deseables, quijotescas… ¡Qué chévere sería si aquello fuera diferente! Sin embargo, muchos propósitos jamás se materializan. Sería ideal, por ejemplo, que todos los vocablos y todas las expresiones fueran inequívocos. “¡Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas! Que mi palabra sea la cosa misma, creada por mi alma nuevamente. Que por mí vayan todos los que no las conocen, a las cosas”, clamó Juan Ramón Jiménez, el gran poeta español, hace casi cien años. Pero no es así. Las definiciones siempre se quedan bien atrás de la evolución de los significados.

Meditar era antes pensar cuidadosa y detenidamente sobre algo. Ahora, además de la acepción antigua y de diversas variaciones, meditar es observar el cuerpo, las sensaciones y los estados mentales, con imparcialidad y desprendimiento, y… sin pensar. Las instrucciones originales para esta forma de meditar fueron desarrolladas ni más ni menos que por el mismísimo Buda.

​La evolución hacia la actual ‘meditación’ no sucedió de repente; en las etapas intermedias ocurrieron todo tipo de tergiversaciones que no paran de confundir a los neófitos.  Muchos interesados quisieran desde ya sentarse, con sus ojos cerrados, para auto-observarse por un buen rato. Pero la confusión existente le complicaría la vida a cualquier aprendiz: Hay ‘meditaciones’ individuales o grupales, calladas o con mantras, estáticas o dinámicas, con guías generales o totalmente dirigidas, trascendentales o irreverentes, religiosas o seglares, zen o yoga, sufi o cábala…

​Por pura curiosidad y mucho antes de estudiar las enseñanzas del Buda, estuve en dos sesiones ¡extráñense! de ‘meditación caótica’. La instructora colocaba una música ruidosísima, con más percusión que melodía, y los participantes debíamos ejecutar tantos movimientos libres y descoordinados  (saltos, volteretas, gestos sin pauta alguna…) como fuera posible. De repente, la música paraba y en ese instante debíamos quedarnos inmóviles. Segundos después, nuevo ruido, nuevas contorsiones, nuevos brincos, y se repetía la secuencia por un largo rato.  ¿Experiencia interesante? Sí. ¿Repetible? Tal vez no.

Meditar no es ejecutar ciertas acciones sino suspender tantas como sea posible y, en la quietud y el silencio, indagarnos y explorarnos; meditar es tomar ‘consciencia de la consciencia’ cuando no estamos haciendo nada. Cada persona sabe que está consciente cuando entra en contacto con su mente y sus pensamientos, y cuando, a través de sus sentidos, es capaz de percibir y percatarse tanto de lo que está allá afuera en el ambiente como de lo que está acá adentro en su cuerpo.

La condición de permanecer atento a los movimientos de la mente y a las señales de los sentidos conduce a la denominada ‘atención total’, la traducción del  ‘mindfulness’ inglés. ‘Mindfulness meditation’ es meditación de atención total. Como esto resulta largo en español, cuando escribo ‘meditación’, quiero decir ‘meditación de atención total’. Cualquier añadidura para mejorar la explicación de tal ‘meditación’, que vaya más allá de postura cómoda, silencio,  quietud y auto-observación desprevenida, siendo la respiración el punto de entrada, comienza a agregar confusión.

Cuando  nos sentamos –en una posición confortable, en silencio, en un sitio tranquilo, con los ojos cerrados, sin aromas ni fragancias, sin frases sagradas ni mantras, sin rosarios ni malas, sin figuras ni mandalas, sin música ni cánticos, sin esperar nada distinto de lo que surja- y tomamos consciencia de todo lo que percibimos, estamos meditando con atención total. Así de sencillo.

La práctica continuada de algo tan simple apacigua nuestros condicionamientos mentales, nuestros apegos y nuestros odios; entonces, disminuyen la ansiedad y el estrés -el sufrimiento budista- y nos aproximamos a la armonía interior. Cuando a la armonía interior la perseguimos, se nos escabulle; para que aparezca espontáneamente hay solo que remover los obstáculos que la bloquean. No necesitamos movernos tanto, como en la meditación caótica o en los cánticos rituales, para que la armonía interior nos llegue; solo debemos acabar con los deseos desordenados y las aversiones para que ella entre en nosotros, casi sin ser notada.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde occidente’
www.harmonypresent.com/Armonia-interior

 @gustrada1

Atlanta, Enero 26, 2016​

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