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​​Felicidad y bienestar

Por su imprecisión mayor, es común escuchar la palabra ‘felicidad’ en frases mutuamente contradictorias (por ejemplo, “la felicidad es inalcanzable” versus “la felicidad es asequible a todo el mundo”). Para evitar la confusión de sus múltiples significados (logro, dinero, amor, salud, amigos…), procuro evitar el uso del emotivo vocablo. Para mi satisfacción, Daniel Kanheman, Nobel 2002 de Economía, comparte mi apreciación y quisiera acabar con la incoherencia verbal. Este psicólogo norteamericano-israelí sugiere que “debemos deshacernos del término ‘felicidad’ para adoptar, en cambio, una visión más razonada de lo que bienestar significa”.

Esta nota resume las ideas del doctor Kanheman sobre el tema. Según sus investigaciones, desarrolladas con su colega Amos Tversy (ya fallecido), nuestro yo -nuestra persona física y emocional- sufre y goza desde dos perspectivas diferentes que conllevan mediciones distintas del bienestar. La primera es el ‘yo vivencial’, el que atraviesa por las situaciones del diario vivir, y que responde a preguntas como “¿le está doliendo algo en este momento?” Si el grado de placer (que suma) o de dolor (que resta) experimentados por un individuo, instante tras instante y durante un cierto período, pudiera ser registrado y compendiado, dice el doctor Kanheman, el total hipotético ‘neto’ sería el bienestar experimentado en el lapso.

La segunda perspectiva es el ‘yo recordador’, el narrador de los eventos ocurridos, que después de los hechos contesta preguntas diferentes: “¿Cómo le fue esta semana?” El yo recordador no sabe exactamente por las que pasó el yo vivencial, olvida muchos detalles en los acontecimientos, y de otros ni siquiera se percata. 

Un dicho frecuente -la mejor receta jamás reemplaza al peor plato- ayuda en la comprensión de las dos identidades: La receta es la narración, el plato es la experiencia. No hay concordancia entre los bienestares de los dos yos. Lo que hace ‘feliz’ al yo vivencial es diferente de lo que hace ‘feliz’ al yo recordador. Para el primero cuenta el goce o el padecimiento, momento tras momento; para el segundo su calificación de la historia depende muchísimo del nivel máximo de placer o dolor en el curso de la experiencia y de la forma como la situación misma terminó (un incidente al final de una celebración nos arruina toda la fiesta).

El bienestar del yo vivencial requiere de los recursos necesarios para la satisfacción de las necesidades esenciales (comida, techo, salud básica…) pero, después de eso, el dinero tiene influencia menor. El bienestar del yo recordador, en cambio, depende muchísimo de los ingresos individuales: Por debajo de un cierto nivel ‘medio-alto’ (unos sesenta mil dólares anuales en Estados Unidos), el bienestar desciende vertiginosamente; por encima de ese valor el bienestar crece todavía más pero a un ritmo desacelerado.

La ‘felicidad’ como expresión, por supuesto, no va a entrar en desuso. ¡Cuántas películas y cuántas novelas habría que botar a la basura! Hay que resaltar, sin embargo, que la inspiración de los poetas siempre supo describir mejor, con anterioridad a los psicólogos, la alegría del yo que vive la experiencia, en comparación con el yo que la recuerda.

“La felicidad es un conjunto infinito de cuartos de hora” dijo Atahualpa Yupanqui en una definición que me cautivó desde cuando se la escuché en una entrevista hace ya varias décadas; gracias al doctor Kanheman, la comprendo ahora en todo su brillo. El canta-autor argentino, cuando así definió ‘su’ felicidad, indudablemente se refería a las experiencias de su yo vivencial y no, de ninguna manera, a las satisfacciones históricas de su yo recordador. ¿Cuál es el bienestar que debe interesarnos? La decisión es de cada persona (y probablemente la toma sin darse cuenta).

Houston, diciembre 30, 2013​ 

@gustrada1