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Más expectativas, menos alegría

‘El secreto’, el libro de  Rhonda Byrne, es una colección de frases sugestivas, muchas de ellas inexactas  –“somos como imanes, lo semejante atrae a lo semejante, y te conviertes en lo que piensas”– que supuestamente garantizan el éxito. Para alcanzar cualquier objetivo bastaría con visualizarlo con todos sus detalles y así el deseo se materializará como por arte de magia (sin importar que sean los polos opuestos, no los iguales, los que se atraen). Estirando su comprensión de la física, dice la escritora australiana:”La ley de la atracción  es una ley de la naturaleza, tan imparcial e impersonal, como la de la gravedad”. Ni más ni menos.

Con ideas parecidas, el escritor norteamericano Napoleón Hill en su libro ‘Piense y hágase rico’ se adelantó en siete décadas a ‘El secreto’. No obstante, en los lujos de las ediciones y en las estrategias de mercadeo, la autora dejó muy atrás a este napoleón y a todos los gurús del éxito y la autoayuda. El pensamiento positivo pretende aprovecharse de  una hipotética  capacidad humana para la auto-sugestión que nos movería automáticamente hacia las metas deseadas; a esta habilidad el cirujano estético Maxwell Maltz la denominó ‘psicocibernética’. ¿Quién no quiere felicidad y éxito cuando los conseguiría sin esforzarse y se los venden ‘bien empacados y bien presentados'?

Desafortunadamente las recetas de Rhonda Byrne, Napoleón Hill, Maxwell Maltz y compañía son erróneas y engañosas. La visualización persistente de objetivos aún no cumplidos –imagínese que usted ya tiene lo que desea– no hace nada distinto de crecer la fantasía de los soñadores despiertos y de aumentarles sus expectativas de amores y triunfos.

Un estudio reciente del ‘University College’ de Londres investigó tanto la relación entre felicidad y recompensas como los procesos neurales de las experiencias conscientes de alegría y satisfacción. Como parte del proyecto, los investigadores desarrollaron una fórmula matemática que predice la felicidad de la gente, en términos de las sensaciones experimentadas, cuando se cumplen parcial o totalmente los deseos de alguna cosa. Según Robb Rutledge, director del estudio, “cuando tenemos una expectativa y obtenemos una recompensa superior a la que esperábamos, nos sentimos más felices con el resultado”.

La investigación tuvo dos etapas. Para la primera, los veintiséis participantes seleccionados tenían que tomar decisiones en un juego simulado que conllevaban pérdidas o ganancias monetarias; en una escala predefinida, los jugadores debían responder a la pregunta “¿qué tan feliz es usted ahora?” mientras un escáner registraba en paralelo la actividad neuronal sensorial. Las felicidades así medidas eran tanto mayores cuanto menores fueran las expectativas de ganar en las apuestas. Con estos datos, los científicos construyeron la fórmula matemática ya mencionada para relacionar esta ‘felicidad numérica’ con las expectativas y los premios recibidos en cada jugada.

En la segunda etapa, el modelo obtenido fue verificado con un número mucho mayor de participantes (18.420 esta vez) mediante una aplicación para teléfonos inteligentes. Los científicos encontraron que la misma ecuación pudo predecir la ‘felicidad numérica’ de los nuevos participantes, así esta vez los voluntarios solo ganaran puntos y no dinero. “Quedamos sorprendidos, ratificó el doctor Rutledge, “de la importancia del nivel de las expectativas en la determinación de la satisfacción o insatisfacción en los distintos grados de logro”.

El estudio del ‘University College’ y las formulaciones matemáticas que le siguieron no hacen referencia alguna a los peligros del pensamiento positivo pero los científicos sí son optimistas que el modelo podría resultar útil en los diagnósticos de depresión.

Sin embargo, este columnista (quien hace años recorrió los caminos del pensamiento positivo), en línea con las conclusiones del estudio, considera que la siembra mental forzada de unos objetivos ambiciosos, como si ya estuvieran cabalmente materializados, podría volverse contraproducente. Un desbalance mayor entre expectativas exageradas y resultados inferiores corre el riesgo de convertirse en un bumerán que golpearía duro al optimista ‘artificial’ y le causaría frustraciones mayores.

Ateniéndonos pues a las conclusiones del doctor Rutledge y a mis propias asociaciones arriba planteadas, quienes andan en busca de ‘El secreto’ de Rhonda Byrne o ‘piensan para hacerse ricos’, siguiendo a Napoleón Hill, deben moverse con mucha cautela para evitar desilusiones mayores o, en los peores casos, depresiones nefastas. Y no sobra que recuerden a don Miguel de Cervantes: “No desees y serás el hombre más rico del mundo”.

Gustavo Estrada
@gustrada1​

Atlanta, diciembre 18, 2014