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¿Es posible demostrar que Dios no existe?

En un comentario a una nota reciente de este columnista un lector, muy creyente y respetuoso, cuestionó mi escepticismo con respecto a todas las entidades metafísicas: “¿En cuáles estudios rigurosos está demostrada la no existencia de Dios?” –preguntó.

El método científico exige el desarrollo de evidencias positivas y medibles que respalden la formulación y la modificación de las hipótesis propuestas. Es imposible efectuar prueba física alguna para comprobar que algo o alguien no son reales. No podemos demostrar que el centauro –mitad humano, mitad caballo– jamás pisó la faz de la Tierra. El método científico tampoco aplica en la verificación de la existencia de seres inmateriales, intangibles e inconmensurables. Tampoco podemos efectuar experimentos con entidades incorpóreas.    

Los agnósticos, con respecto a la realidad o irrealidad de Dios, siempre decimos “no sé”. Algunos nos atrevemos a ir más allá aceptando que Dios bien podría existir dependiendo de la forma como definamos el vocablo. Significados de Dios como “el infinito total del cual el hombre sabe que es parte” (Tolstoy), “la armonía de todo lo existente” (Spinoza), “la incesante creatividad misma del universo” (Stuart Kauffman), o “la consciencia pura que habita en todas las cosas” (Amritanandamayi Devi) moverían mi neutralidad hacia la afirmación.

Las deidades exclusivistas, por otra parte, las que premian a sus devotos y castigan a los infieles, las que se entrometen en todo lo que está sucediendo (menos en la prevención de catástrofes), las que propenden la violencia contra quienes no las siguen, y las que decretan mandamientos o dictan libros sagrados a sus profetas… Esas deidades no solo inclinan mi balanza hacia la negación sino que mi respuesta es contundente: Tal dios no existe.  

Mi posición agnóstica se extiende para abarcar el denominado argumento cosmológico de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Según estos filósofos, la hipótesis de una cadena infinita de causas y efectos consecutivos es absurda y, por tanto, trillones de años atrás no había nada y tiene que existir una Primera Causa creadora, sin hacedor previo ni antecesores cronológicos. ¿Es en verdad absurda la cadena infinita? Tampoco lo sé.

La teoría del big-bang, el modelo aceptado para el origen del universo, sostiene que antes de la gran explosión nada había, ni siquiera espacio o tiempo. Como tal, para los intérpretes liberales del Antiguo Testamento, el big-bang se convirtió en una confirmación de que, cuando Dios dijo “Hágase la luz” (Génesis 1:3), ocurrió la inaudita iluminación que resultó del gran estallido.  (En Génesis 1:1, Jehová hizo los cielos y la tierra).

Aparecen ahora, sin embargo, nuevas hipótesis que abren posibilidades, aún no comprobadas, según las cuales sí habría cosas antes del big-bang y la gran explosión pudo haber sido más bien el ‘gran rebote’ de un universo anterior que habría colapsado hasta el puntico de densidad infinita donde ocurrió la descomunal detonación. Como en mi cabeza no caben ni las densidades infinitas ni los universos previos que se encogieron (el actual dizque se está expandiendo), también aquí me siento obligado a declararme agnóstico y,  adicionalmente, extrapolo este “no sé” a todas las muchísimas cosas inexplicables.

El neuro-científico ateo Sam Harris presenta la gravedad, cuyo funcionamiento conocemos bien, como ejemplo cumbre de lo incomprensible. ¿Por qué los cuerpos se atraen? Ni idea. Nuestro cerebro no logra asimilar este e innumerables otros fenómenos y, con certeza, nunca la cabeza de un solo sabio alcanzará para discernir todo. “En su nivel más profundo, no entendemos realmente nada acerca de nuestro mundo físico”, sostiene el astrónomo Sten Odenwald.

Sam Harris es uno de los promotores contemporáneos de la espiritualidad no religiosa, en la cual cabemos  agnósticos, ateos y escépticos, por un lado, y los ‘creyentes’ en el Dios de Tolstoi, Spinoza, Kauffman o Devi, por el otro. Si el  Principio Supremo de cualquiera de estos cuatro pensadores es el ‘verdadero’, Dios sería infinitud, armonía, creatividad o consciencia pura, y no demandaría fe ni pleitesía de nosotros los terrícolas (o de los habitantes de otros planeta, si los hubiera). Adicionalmente, tal Dios jamás premiaría adhesión o castigaría herejías. Y estoy seguro de que su realidad no podría nunca confirmarse ni rebatirse en un laboratorio de investigación.

Gustavo Estrada 
@gustrada1​​

Houston, noviembre 16, 2014​​​