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Los condicionamientos inconscientes

De las canciones de mi juventud –disculpas de entrada a quienes desconocen las que esta nota menciona y, por favor, hagan su propia lista– brotaban manantiales de llanto: “Lágrimas de amargura tienen mis ojos…”, “Vivo solo para amarte, callao y triste, llorar, llorar”, “Son las lágrimas el jugo misterioso…”  Mis contemporáneos se las sabían de memoria y a todos nos parecían… Bueno, no hay adjetivo preciso para explicar por qué la amargura nos gustaba tanto. ¿Afectan las expresiones negativas nuestro comportamiento? Hay pistas de que sí.

Desde los antiguos chinos, pasando por el Buda, y llegando hasta el reciente Gandhi, los orientales concluyeron que “los pensamientos se vuelven palabras, que se convierten en acciones, que se transforman en hábitos, que determinan nuestro destino”. Sin embargo, todo el mundo sigue entonando canciones tristes. ¿Qué saben los científicos al respecto? Miremos un área que han investigado bastante.

‘Cebar para la acción’ es condicionar a alguien en alguna dirección. El psicólogo norteamericano John Bargh es el diseñador del experimento más conocido de ‘cebado’ inconsciente. En una versión típica  de sus numerosos ensayos, dos grupos de estudiantes debían construir frases con conjuntos diferentes de palabras durante un ejercicio que parecía una prueba de habilidad lingüística.

Para el primero, la lista incluía términos asociados con ancianidad (canas, arrugas, soledad…); para el segundo, las palabras eran ‘neutras’. Los participantes caminaban un largo corredor para entregar las respuestas y sus recorridos eran cronometrados sin que ellos lo notaran. ¿Resultado? Los estudiantes del primer grupo anduvieron notablemente más despacio que los del grupo de control. La pregunta obvia es entonces: Si ‘canas’ y ‘arrugas’ nos tornan perezosos y lerdos, sin que siquiera lo sepamos,  ¿nos convertirán ‘lágrimas’ y ‘llanto’  en amargados o depresivos?

Aunque el cebado ha sido confirmado en diversos estudios, el paso de la teoría –lo que ronda nuestra mente afecta nuestra conducta– a recomendaciones prácticas ha sido más lento de lo esperado. “Debemos ampliar las conclusiones y los efectos del comportamiento en los laboratorios… hasta el complejo y ruidoso mundo real en donde otros factores secombinan para intervenir en nuestras acciones”, dice el doctor Bargh. Hasta aquí llegamos con la ciencia.

Muchos años antes de los experimentos mencionados  y tras alguna noticia trágica en 1986, varios amigos de la Esso Colombiana (donde este columnista trabajaba entonces) formamos un grupo, al que resolvimos llamar ‘Colombia Positiva’, con el propósito de sembrar algo de optimismo en un país donde la desesperanza parecería haber reinado desde siempre.

Pensando en la negatividad de muchas canciones, imprimimos varios álbumes musicales –‘Positivamente…’ los llamamos– que contenían canciones con letras optimistas y amables  (Agárrense de las manos, Un millón de amigos, Yo tengo fe, Hoy todo me parece más bonito…). Los discos los vendíamos a empresas que, a su vez, los regalaban a sus clientes para esparcir los mensajes afirmativos de las letras. El ciclo se repitió por siete navidades y las utilidades fueron donadas a entidades sin ánimo de lucro dedicadas al apoyo de la niñez desfavorecida.

¿Ayudó nuestro esfuerzo? Creemos que así fue. Una pequeña historia lo confirma: Cualquier domingo alguien de nuestro trabajo vio con mucha sorpresa a un joven que caminaba por alguna calle bogotana con un ejemplar de ´Positivamente…´ debajo de su brazo. La explicación que esta persona dio a la curiosidad del compañero es nuestra memoria inolvidable: “Cantamos estas canciones como parte de un programa de rehabilitación de muchachos drogadictos”.

Cierro esta nota con un recuerdo humorístico y una sugerencia trivial. En alguna ocasión, un amigo salvadoreño, quien por varios años fue parte de un grupo de parranderos colombianos en Rio de Janeiro, se burló de la tristeza musical que predominaba en sus fiestas con esta fina ironía: “En las canciones que ellos cantan lloran hasta ‘los guaduales’”. (Dé clic aquí para escuchar la canción)

Así los experimentos del doctor Bargh no encuentren todavía indicaciones prácticas para alterar comportamientos, la observación del salvadoreño invita a la reflexión. Nada perdemos pues con tomar consciencia de los mensajes escondidos de las canciones trágicas, sin importar ritmo, época o proveniencia,  y cuando caigamos en cuenta de su negatividad pues… No enjuaguemos las lágrimas de los guaduales y más bien contemplémoslos cuando, como también lo dice la canción, estén ‘alegres, entrelazados, mirando al río’.

Gustavo Estrada
@gustrada1​​
Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’
www.harmonypresent.com