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​​De la metafísica a la súper-biología

Muchísimos de los mil millones de creyentes politeístas del hinduismo rinden tributo a sus dioses personales para solicitarles favores específicos. Y también muchísimos de los cuatro mil millones de creyentes judeocristianos, aunque veneran a un Creador único, tienen sus propios ángeles guardianes, equivalentes a las deidades particulares de los hinduistas. Sumados las divinidades individuales de los primeros y los ángeles celestiales de los segundos, la población de seres metafísicos en los dominios etéreos es pues enorme.

En el lado opuesto de la fe colectiva, casi todos los científicos modernos no aceptan especulaciones supra materiales ni creen en fenómenos que no puedan medirse, duplicarse o representarse con alguna ecuación. En vez de la metafísica, algunos se inclinan más bien hacia la súper-biología: “La consciencia podrá en algún momento ser diseñada y construida”, sostienen los investigadores más optimistas. Aunque comparto su escepticismo religioso, veo remota tan ambiciosa expectativa seglar.

La comprensión del funcionamiento de nuestra consciencia está todavía en pañales. Para los creyentes, el asunto es clarísimo y no necesita de investigaciones: La consciencia es una cualidad del alma, “del espíritu que está detrás de la máquina”.

Los neurocientíficos, en el otro lado, tienden a regirse solo por la ciencia. La conectómica, una nueva disciplina, es el estudio de las conexiones neuronales del sistema nervioso de los organismos vivos; el mapa completo de tales conexiones se conoce como conectoma. La conectómica ha dado rienda suelta a la imaginación de sus seguidores, como la herramienta que nos permitirá duplicar la consciencia. Hasta ahora, sin embargo, el único mapeo que se ha completado es el de un gusano de un milímetro de longitud con tan solo trescientas neuronas y unas siete mil interconexiones neuronales.

El sistema nervioso humano, descomunalmente más complicado, tiene unos cien mil millones de neuronas y, dado que cada una de estas puede comunicarse con unas cinco mil vecinas, el número total de posibles conexiones alcanza dimensiones que no caben en nuestra cabeza (un cinco seguido de catorce ceros). Las combinaciones de un baloto resultarían insignificantes comparadas con esta cifra. El conectoma humano es, más o menos, cien mil millones de veces más complejo que el del milimétrico gusanito.

El proyecto de modelar nuestras conexiones cerebrales intimidaría a los más osados diseñadores de tecnología computacional. En su visión más ambiciosa, un conectoma sería similar a una base gigantesca de datos y de neuro-instrucciones que se extraería del cerebro de alguien y se cargaría en un computador, de forma parecida a cómo transferimos los programas y los datos de un  laptop a otro, cuando decidimos cambiar de equipo.

Si en un futuro lejanísimo, el conectoma de Pedro Pérez se trasladara con éxito a un autómata omnipotente, ¿tendría esta máquina una consciencia idéntica a la del propietario original? ¿Y sus mismos sentimientos? ¿Y todas sus cualidades y defectos? ¿Y…?

Por supuesto que en el desarrollo del conectoma del cerebro humano los académicos están ampliando a pasos agigantados la comprensión de su funcionamiento. Pero si, en verdad, el ‘sistema resultante’ llegara a ser otro Pedro Pérez (o aún un Pedro Pérez con un poquito de alzhéimer), tal logro sería jaque mate a la creencia en el alma y hasta el Papa de ese momento se volvería ateo… O, cuando menos, agnóstico.

Este portento no se materializará en muchas generaciones y quizás el funcionamiento de la consciencia será explicado antes de que ello ocurra, mediante otras investigaciones diferentes, sin necesidad de generar vida o consciencia artificiales. Por supuesto que la investigación científica en esa línea jamás se detendrá; todas las maravillas tecnológicas actuales fueron sueños quiméricos hasta no hace mucho tiempo.

No precisaremos pues de la creación de seres súper-biológicos para comprender algún día la vida y la consciencia. Tampoco creo que desarrollaremos robots conscientes en el futuro inmediato. Por lo pronto, podemos, eso sí, disfrutar de la vida y la consciencia, que sabemos por experiencia directa lo qué son, en armonía con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con el medio ambiente. Para tal armonía, eso sí, muchísimo nos ayudaría una reducción de la obnubilación colectiva a dónde nos han llevado tantas creencias irracionales.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde occidente’
@gustrada1


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