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​​​​​​Moral y enseñanzas del Buda

La moralidad de las acciones, su bondad o su malicia, está determinada,  según las enseñanzas del Buda, por el soporte a la eliminación del sufrimiento emocional –de la ansiedad y el estrés- o por la contribución a su surgimiento y manifestación. Los 'buenos' viven en armonía, los 'malos' sufren. Para las enseñanzas,  no hay gratificaciones en futuros paraísos ni castigos en ulteriores infiernos. La armonía interior es el premio; el sufrimiento emocional, el castigo. Uno u otro resultan como consecuencia de nuestras propias acciones.

La moral es el estudio del bien, en general, y de nuestras acciones, en lo que respecta a su bondad o maldad. La moralidad es la conformidad de una acción con los preceptos de la moral. Según el Buda, ambos territorios son asuntos estrictamente humanos, de responsabilidad individual. Las sociedades, por supuesto, necesitan códigos para la regular la conducta de sus ciudadanos. No obstante las buenas intenciones, todos conocemos las flaquezas tanto de muchas normas imprecisas como las de su aplicación por jueces parcializados.

En la moral de las enseñanzas cada persona es juez y parte. Las acciones desfavorables conforman 'lo perjudicial'; las acciones favorables, 'lo provechoso'. Las raíces de lo perjudicial son los deseos desordenados y las aversiones; las raíces de lo provechoso son el desprendimiento y la benevolencia.

Adicionalmente, la moralidad de todas nuestras actuaciones -lo que hablamos, lo que hacemos, en lo que trabajamos- queda definida desde la intención contenida en los pensamientos que las preceden. En otras palabras, la moralidad de todas las actuaciones arranca desde su concepción mental y es la intención, el propósito detrás de la idea cuando esta es concebida, lo que ocasiona que surja o no el sufrimiento emocional.

​Este importante concepto aparece escrito con meridiana claridad en la 'Senda de las enseñanzas', el 'Dhammapada', una hermosa colección de pensamientos del Buda: "La mente precede todos los fenómenos, controla todos los fenómenos, crea todos los fenómenos. Si alguien habla y actúa con pensamiento impuro, el sufrimiento le acosa como las ruedas del carro prosiguen las huellas del buey que lo arrastra. Si alguien habla o actúa con pensamiento recto, la armonía interior le acompaña como la sombra que nunca se separa de quien la proyecta".

Dos conclusiones conllevan las palabras anteriores. La primera es que el solo pensamiento de una acción que quisiéramos ver cumplida, aunque no sea realizada, tiene un efecto positivo o negativo dependiendo de su naturaleza provechosa o perjudicial. Ese pensamiento, así no salga jamás de la cabeza, conlleva ecuanimidad o genera sufrimiento.

La segunda consecuencia es que un acto que se hace desprevenidamente, sin intención premeditada, sin pensamiento previo (por ejemplo, una buena obra que hagamos por casualidad o un accidente que causemos sin ninguna premeditación), no tiene efecto alguno en el surgimiento de la armonía interior o en la aparición del sufrimiento.

En la misma 'Senda de las enseñanzas', el sabio resume con otras hermosas metáforas la influencia inevitable de todo lo que hacemos  en nuestra armonía interior o nuestra ofuscación: "Quien no tiene heridas de actos perjudiciales en sus manos bien puede palpar venenos. No le hacen daño, como tampoco el mal afecta a quien, por estar limpio de cosas impropias, no sufre las llagas que deja el mal. La ofensa al inocente regresará a su agresor como polvo fino que, arrojado contra del viento, retorna siempre al rostro de quien lo lanza".

Gustavo Estrada
Autor de 'Hacia el Buda desde occidente'

@gustrada1

Bogotá, abril 21, 2016