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​​​​Optimismo, felicidad y paz

Los colombianos somos optimistas y felices, al menos en las encuestas: Séptimo puesto entre 138 países en una investigación sobre optimismo de Gallup, una empresa consultora; primer puesto entre 68 países en un estudio sobre felicidad de WIN, una red de análisis de mercados. “¿Experimentó emociones positivas ayer?” fue la pregunta utilizada para medir el optimismo. “¿Usted se siente personalmente muy feliz, feliz, ni feliz ni infeliz, infeliz o muy infeliz con su vida?” fue el interrogante para calcular la felicidad.

Tan magníficas ‘calificaciones’ suenan extrañas, como cuando un estudiante desaplicado saca notas sobresalientes. Resolvimos pues efectuar nuestro propio sondeo por Internet alrededor de dos proyecciones específicas, asociables de alguna forma con optimismo y felicidad: (1) ¿Cómo cree usted que variará la tasa de homicidios en Colombia entre el 2015 y el 2018? (2) ¿Cómo cree usted que cambiará la corrupción en el mismo período?

Nuestra tasa de homicidios es la décima cuarta más alta del mundo. Y, en una escala de honestidad administrativa, el extremo contrario de la corrupción, nuestro país aparece en un vergonzoso puesto 83. Las respuestas recibidas, no obstante el reducido tamaño de la muestra y la informalidad del método, son suficientes para poner en duda los enfoques utilizados por Gallup y WIN. Optimismo y felicidad no pueden marchar paralelos a criminalidad y corrupción

¿Qué mostró nuestro sondeo? (<-- clic aquí para ver los detalles). Para la tasa de homicidios, 49% de los participantes piensa que no cambiará o que aumentará en el período considerado, 26% cree que tal índice bajará a 20-25 homicidios por cien mil (una mejora de cinco puestos en la fatídica escala), y solo el 25% restante visualiza reducciones sustanciales en el índice de criminalidad.

En las proyecciones de corrupción hay aún más pesimismo: 40% de las respuestas estima que la corrupción aumentará, 42% considera que se mantendrá en el mismo nivel, 15% anticipa una disminución menor, y solo un 3% espera una reducción importante de tal delito. Dado que durante las próximas semanas debe firmarse el acuerdo de paz Gobierno-FARC, ¿no deberían ser más halagüeños los pronósticos de los colombianos?

La definición de ‘paz’ -la ausencia de violencia- es sencilla pero su cuantificación es complicada y subjetiva. El índice de paz global es una medida ponderada de 22 parámetros sociales utilizada para comparar los niveles de tranquilidad entre regiones geográficas. Islandia y Dinamarca son los países más pacíficos del planeta; Sudán del Sur y Siria (puestos 162 y 163), los más violentos. Colombia, sin guerras tan crueles como la de Siria, ocupa el lugar 147. ¡Qué tristeza!

Una tasa baja de criminalidad es una clara señal de paz. ¿Disminuirá el índice de homicidios intencionales como consecuencia de los acuerdos con las FARC? Tal vez no. En los años recientes, los homicidios directos de las FARC deben haber sido pocos y sus negocios de narcotráfico, siempre rodeados de ajustes violentos de cuentas, pasarán a otros grupos delincuenciales. Esta puede ser la causa del pesimismo que muestra nuestro sondeo en la reducción de asesinatos intencionales. 

​​¿Por qué incluimos la corrupción en la evaluación? Porque una de las conclusiones sobresalientes del índice de paz global señala que los países identificados como pacíficos tienen, en general, unos altos niveles de trasparencia administrativa. Paz y corrupción son incompatibles.

¿Será útil para los colombianos el convenio con las FARC? Quizás sí, aunque no ocurrirán mejoras sustanciales a corto plazo. Pactada la paz, el presidente Santos, en vez de enredarse en arreglos con otros grupos delincuenciales, bien podría dedicar el resto de su gobierno para desarrollar la visión de una Colombia sin corruptos, seguida de un plan detallado de acción.

El presidente Santos, por voluntad popular, es la autoridad máxima del pueblo colombiano. Al mismo tiempo, él, con su astucia y su habilidad prestidigitadora, es también el jefe máximo de los grupos políticos que lo eligieron, justamente los motores de la corrupción.

Cómo jefe único de los dos bandos, del pueblo colombiano y de los exprimidores del presupuesto, su diálogo será de él consigo mismo. Y si le pone el mismo empeño que le dedicó a las negociaciones con las FARC, puede que obtenga resultados más tangibles que con el Acuerdo de La Habana. Así el optimismo de Gallup y la felicidad de WIN podrían convertirse en realidades.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde occidente’
@gustrada1

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Atlanta, Julio 1, 2016