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​​​La meditación no es el objetivo

Anteriormente era común burlarse de las personas que meditaban. "¡Quién sabe de qué secta será ese loco!", era una broma que se escuchaba con frecuencia. No es así en el tercer milenio y ni siquiera los más negativos a cerrar sus ojos y sentarse quietos por un largo rato para observar su respiración, se atreven a denigrar de la meditación. El mundo académico la respalda con los resultados positivos de centenares de estudios sobre el tema; los organismos de salud la recomiendan; las empresas la promueven entre sus empleados; las celebridades la practican…

Si los beneficios de la meditación de atención total son tan extraordinarios y si tal ejercicio mejora la salud física, disminuye la ansiedad y el estrés, controla la depresión, reduce las adicciones, ayuda con el insomnio…  ¿Por qué tan pocas personas meditan? Porque la mayoría de los reacios ven a la meditación como una aburridora pérdida de tiempo. Grave equivocación esta para quienes quizás esperan divertirse mientras meditan pues las rutinas de la práctica no son fin u objetivo de nada; los 45-50 minutos de silencio, varias veces a la semana, son apenas un medio. ¿Un medio de qué o para qué? Veámoslo.

Los renuentes, en general, comparten las mismas disculpas para sacarle el cuerpo a la meditación y casi todos se declaran incapaces de quedarse callados e inmóviles por siquiera cinco minutos. Estos mismos individuos, sin embargo, rara vez reconocen la volatilidad permanente de su propia cabeza y, menos aún, su dificultad para concentrarse, no sólo cuando intentan meditar sino también en muchas tareas cotidianas.

Este déficit en la facultad de estar atentos es justo lo que abre la puerta para que las distracciones invadan la mente del anti-meditador y la conviertan en una desbordada carrera de divagaciones. Las digresiones y los rodeos mentales son de todos los tipos: el problema del momento en la casa, las cuentas por pagar, el partido del domingo, el sinvergüenza político que se está robando la plata…

¿Cuáles son los distractores más dañinos? Los deseos intensos (avaricias desordenadas, adicciones, ambiciones compulsivas), las aversiones (antipatías. fobias, odios obsesivos) y las opiniones sesgadas (políticas, religiosas, raciales). La inhabilidad para sentarse a meditar, reconocida por mucha gente, no es pues el asunto por resolver.

El verdadero problema radica en la dificultad de muchas personas para sostener fija la atención, sea en el flujo de aire por la nariz mientras medita o en la interacción de unas cuantas actividades a ejecutar o de varios puntos de vista a considerar mientras trabaja. Muy pocos son los que aceptan tal debilidad. En consecuencia, cuanto más agitada la mente, mayor será el beneficio de la meditación y más urgente el 'tratamiento' para la falta de concentración.

Los deportistas de todas las disciplinas, en general, entrenan con intensidad esperando convertirse en excelentes atletas; esta dirección es apenas normal y tiene mucho sentido. No ocurre lo mismo, no debe ocurrir, con los practicantes de la meditación. Ninguno de ellos está interesado en convertirse en un súper-meditador; ni siquiera los monjes tibetanos con diez mil horas de 'vuelo'. (Ellos buscan otras experiencias que no son de nuestro interés ahora).

La meditación, por si misma, no es pues un objetivo. Meditamos para adiestrar la mente en la quietud y en el silencio, y para permanecer atentos por largos ratos. De allí resultan todas  las ventajas de la práctica. ¿Cuál es el aliciente más importante? Justamente el fortalecimiento de la facultad de la atención en la vida rutinaria. Los demás beneficios vendrán por añadidura.

Gustavo Estrada
Autor de 'Hacia el Buda desde occidente"
@gustrada1

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