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​​​​Necesidades humanas y sentido de la vida

Según el psicólogo Abraham Maslow, las necesidades humanas son asimilables a una pirámide. En su base se encuentran las necesidades fisiológicas, como la alimentación y el agua, seguidas por las de seguridad, como la protección y los recursos para sostenernos sin angustias. En el tercero y el cuarto niveles están, respectivamente, las necesidades de pertenencia, como familia y grupos sociales, y las de logro, que nos demandan autoestima y respeto.

En la parte superior de la pirámide se hallan las necesidades asociadas con el sentido de vida. En el quinto lugar aparece la realización personal, la satisfacción del potencial individual. Y en el tope se encuentra la trascendencia, esto es, la entrega a metas de altruismo y espiritualidad. ¿Son la realización personal y la trascendencia unas exigencias intrínsecas de la naturaleza humana que le generan sentido a nuestra vida? No hay consenso al respecto.

Filósofos, religiosos, novelistas, poetas, psicólogos y biólogos, por igual y desde siempre, le han buscado significado a la existencia. La pregunta podría contener parte de la respuesta.  Porque la maravilla de la consciencia, que nos permite observarnos e interrogarnos, es característica exclusiva de nosotros, los humanos. Somos la única criatura conocida que se preocupa por el propósito de estar vivos.

Los demás seres no pueden escrutar temas existenciales. Tampoco pueden hacerlo las máquinas inteligentes. Los portentosos programas de software que lo saben todo, o que aprenden por sí mismos cualquier video juego, o que derrotan a los campeones en todas las competencias de habilidad intelectual (ajedrez, el juego oriental ‘go’, el programa ‘Jeopardy!’ de preguntas y respuestas…) carecen de facultades de introspección. La consciencia que nos permite observarnos, no la inteligencia, es lo que nos diferencia de los súper computadores. En su misterio quizás podría encontrarse el significado de la existencia.

Muchos biólogos ya se decidieron: Estamos aquí, como todos los seres vivos, para asegurar la permanencia de la especie y no necesariamente a través de la reproducción. Muchos individuos eligen no dejar descendencia pero todos, fértiles e infecundos, tenemos la necesidad de proteger las condiciones para que la vida, sea humana, animal o vegetal, permanezca. 

​Bajemos dos niveles en la escala de Maslow: El logro y la pertenencia, de alguna manera, están relacionados con nuestra ‘misión vital’. La necesidad de logro, de poseer autoestima, sobresalir de alguna forma y recibir reconocimiento, proviene del ego codificado en nuestro cerebro por los condicionamientos que nos siembra la sociedad: “Los otros han conseguido dinero, poder, conocimientos, distinciones, fama… Luego yo también debería tener algo de eso”.

La necesidad de pertenencia, de formar parte de núcleos pequeños (pareja, familia, amigos) o grupos numerosos (clubes, iglesias, partidos políticos) se origina en lo que este columnista denomina ‘grego’, el instinto gregario genético. Los animales, en general, tienen ego cero y grego elevado.

El dualismo pertenencia-logro es curioso por la paradoja que implica. El ego (soy distinto) y el grego (soy igual) nos crean necesidades diferentes que van en contravía; todos sufrimos la tensión que tal dualismo genera. Dice el antropólogo Ernest Becker: “El comportamiento individualista excluyente (del ego) se opone al resto de la naturaleza (del grego), generándole a la persona el aislamiento intolerable que justamente necesita para sobresalir”.

¿Se necesita un propósito para existir? Y, en caso afirmativo, ¿cuál es mi propósito?  Según Krishnamurti, muy filosófico y poco científico, cuando alguien insiste en buscarle designios a la vida es porque encuentra vacía la suya propia. Se pregunta el sabio hindú: "¿Tiene la vida un objetivo? ¿No es vivir en sí mismo un objetivo claro? ¿Por qué queremos más?"

Veinticinco siglos atrás el Buda le hubiera respondido a Krishnamurti que lo que debemos aspirar en nuestro transcurrir no es ‘tener más de un algo ilimitado’ -más riquezas, más fama, más poder- sino ‘tener menos del algo que nos aflige’ -menos sufrimiento, menos ansiedad, menos estrés-. Y menos necesidad de logro, realización personal o trascendencia.

Ausentes las ruedas sueltas del sufrimiento, la ansiedad y el estrés, nos llegan, espontáneamente, la armonía interior y el equilibrio con nuestros alrededores. Sin proponérnoslo ni perseguirlo, terminamos haciendo en nuestra vida justo lo que tenemos que hacer. Así también desaparece la preocupación angustiosa por  el sentido de la existencia: Para quien nada busca, lo que encuentre está bien.


Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde occidente
@gustrada1

Atlanta, marzo 26 de 2016





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