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La tres formas de equivocarse

Un extensivo estudio, dirigido por el profesor Miron Zuckerman de la Universidad de Rochester en el estado de Nueva York, sugiere que la inteligencia y la religiosidad marchan en direcciones opuestas. El trabajo consolidó  63 investigaciones anteriores sobre este tema, efectuadas entre 1928 y 2012, de las cuales 53 concluyeron que las personas religiosas podrían ser menos inteligentes que las incrédulas. ¿Es confiable este resultado?

La palabra ‘inteligencia’ es compleja y no existe consenso alrededor de su definición. Aunque incurren en desaciertos, por supuesto,  las personas inteligentes, en general, cometen menos errores. ¿De dónde provienen nuestras equivocaciones? La respuesta a esta pregunta podría disminuir la ‘negatividad’ de las conclusiones del profesor Zuckerman, quizás ofensivas para más de un devoto.

Nos equivocamos por tres causas: estupidez, ignorancia u obnubilación. Estupidez es la incorrecta aplicación de la lógica: Pedro es dos años mayor que Luis, Luis es dos años mayor que Juan, luego Pedro es dos años mayor que Juan. Ignorancia es el desconocimiento de información en temas de uso común: Londres es la capital de Francia. Obnubilación es la confusión u ofuscación resultante de prejuicios o de puntos de vista sesgados que enturbian nuestra visión de la realidad: Los espíritus existen porque está escrito en mi libro sagrado.

La obnubilación surge de creencias religiosas, políticas o sectarias de cualquier clase, que se adquieren más por ‘contaminación’ social que como consecuencia de argumentos sensatos. Tales creencias se convierten en premisas ciertas de nuestros razonamientos y, por juiciosos que estos sean, las conclusiones serán falsas.

Mi religión de infancia proscribía la creencia en brujas, duendes u otros seres etéreos; la verdad única se encontraba en la biblia.  No obstante, una vez aceptamos los entes inmateriales del catecismo (almas, ángeles, demonios…), nos ‘obnubilamos’ y tendemos a inventarnos otros fantasmas. ¿Total? De niño yo vivía asustado por la posible aparición de espectros y de almas en pena que dizque salían a repetir sus andanzas terrenales.  

Nuestro sistema nervioso es cómplice de la hechicería y la magia, y no todo lo que vemos está ocurriendo. Nuestros sueños son irreales pero el cerebro tiene la capacidad de hacerlos parecer verdaderos; la ‘realidad’ que así resulta es armada en nuestra cabeza. Dice el neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás: “En el mundo externo no hay sonidos ni olores ni colores… Ni amarillos, rojos o azules, como los percibimos y apreciamos, sino ciertas frecuencias que traducimos a policromías”.

La obnubilación ‘altera’ nuestra percepción. ¿Es falta de inteligencia la incapacidad de reconocer lo real de lo ficticio? No necesariamente. La aceptación de la obnubilación requiere, eso sí, mucho coraje. Un ejemplo extremo de reconocimiento y manejo de la obnubilación (en este caso originada  por su esquizofrenia paranoica, no por sus creencias) es el del matemático John Forbes Nash quien logró poner bajo control las voces imaginarias que escuchaba solamente cuando las reconoció como tales. ¿Se acuerdan de la película ‘Una mente brillante’? Algo muchísimo menos difícil podría ser intentado por los fanáticos de todas las causas.

Si en nuestros pensamientos permitimos la asociación de creencias obnubiladas, nos equivocaremos inevitablemente. Un ejemplo reciente aclara este punto: Tim Walberg, representante por el estado de Michigan al congreso de los Estados Unidos, declaró hace poco: “Creo en el cambio climático… Siempre lo ha habido desde el comienzo de los tiempos. ¿Tiene algún impacto lo que hace el hombre? Por supuesto que sí”. Hasta aquí este político parece lógico. Pero luego cierra con una ‘perla’: “Tengo confianza que, si el calentamiento global es un problema, Dios se encargará de resolverlo”. ¡Increíble!

Desafortunadamente para los creyentes, en el comentario final del señor Walberg, su obnubilación predomina sobre su educación y su capacidad de razonar. Las opiniones preconcebidas  bloquean el hallazgo de la verdad con mayor efectividad que la falta de sentido común o la ignorancia. Reconocer el calentamiento global es muestra de inteligencia; creer que Dios lo va  resolver es peligrosísima obnubilación.

Los resultados del estudio del profesor Zuckerman reflejan, por lo tanto, una tendencia  clara aunque, agrega esta columnista, la disminución de la inteligencia de los creyentes proviene, no de causas genéticos o de ineptitud, sino de la obnubilación que ‘esconde  la realidad’ y que se origina en factores culturales.

Gustavo Estrada
@gustrada1