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De Dios, física y entendimiento incompleto

San Agustín, filósofo y Padre de la Iglesia, se devanó los sesos por años ­—su conversión le llegó a los treinta y tres—, tratando de entender los enredos del cosmos. Según la leyenda, mientras deambulaba por una playa y siendo aún un rebelde escéptico, un niño le dijo al futuro santo que era más fácil vaciar el mar dentro de un hoyo en la arena que comprender los misterios de Dios. La complejidad es el océano; la mente humana, el pequeño agujero, le dio a entender el muchacho.

En el terreno material, la frase del niño podría también ser para mí. Tras leer la parte que logré asimilar de “El tejido del cosmos”, un best-seller de Brian Greene, el destacado científico norteamericano, la física moderna tampoco encuentra espacio suficiente para acomodarse dentro mi cabeza.

Y ahora Stephen Hawking, el cosmólogo británico, sacude a los medios intelectuales, para complacencia de los ateos, con una sucinta declaración. “Yo no digo que Dios no existe. Dios es el nombre que le asigna la gente a la razón por la cual estamos aquí. Esa razón —un Dios impersonal— son las leyes de la física y no alguien con quien podamos conversar”, dijo el genio en una reciente entrevista acerca de “El gran diseño”, su más reciente libro.

Dios y la física moderna son impenetrables por igual. Permítanme darle algunos ejemplos de las masas de agua que no caben en los hoyos craneales del la gente común.  La ciencia ignora por completo la naturaleza tanto de la materia oscura (un algo que no genera ni absorbe ni refleja luz) y de la energía oscura (un desconocido efecto global que está homogéneamente distribuido por todo el espacio y todo el tiempo). Estos dos entes fantasmagóricos ocupan en conjunto ni más ni menos que el 95% del universo.

Los astrofísicos, en otro caso raro, tampoco tienen idea alguna del origen de los rayos cósmicos, unas partículas de elevada energía, que proceden del espacio exterior y que bombardean y atraviesan permanentemente la Tierra. Por aquí pasan, todo el mundo habla de ellos, pero nadie sabe de dónde vienen.

En la mecánica cuántica también abundan las cosas extrañas. Solo una muestra: Un electrón dizque puede pasar simultáneamente por dos rendijas diferentes; este evento, verificado experimentalmente, no cuadra dentro de la lógica convencional de ningún cerebro. “Quien no se asombra con la mecánica cuántica es porque no ha entendido sus ecuaciones”, dijo Niels Bohr, uno de sus pioneros.

Nunca lo entenderemos todo. Nuestro cerebro no evolucionó para comprender el cosmos, sus orígenes o su destino, sino para favorecer la supervivencia de su dueño. Aunque la ciencia me fascina, prefiero caminar sobre tierra firme. Estoy de acuerdo con el Buda cuando recomienda prestar atención solo a las cosas que conducen a la armonía interior y a la disminución del sufrimiento. Y con San Pablo en la frase que convirtió a San Agustín y que bien podría haber sido pronunciada por el sabio de la India: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia.”

Soy agnóstico, aclaro. Y pragmático. Mi armonía interior o mi sufrimiento están dentro de mi territorio de influencia donde puedo tomar acción; ellos no dependen del Dios Omnipresente de los religiosos, ni de la física de Stephen Hawking.

Si usted, estimado lector, es creyente y su fe le proporciona tranquilidad, refúgiese en ella; no arme explicaciones descabelladas y no permita que su paz sea perturbada por el fanatismo. Su convicción le sirve a usted pero puede resultarle inútil a otros. Si, por otra parte, es incrédulo y respalda su ateísmo en la física y en una posible teoría aclaratoria de todas las cosas, pues entreténgase con las satisfacciones intelectuales pero sepa que la ciencia nunca le va a dar respuestas definitivas. Más le vale comenzar desde ya a rezar… O quizá a meditar y a estudiar las enseñanzas del Buda.

Gustavo Estrada

Autor de Hacia el Buda desde occidente

​Atlanta, Enero de 2011