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​​​Cielos e infiernos

El cielo -el paraíso angelical adónde llegan cuando mueren los de buena conducta para disfrutar de la presencia de Dios- y el infierno -el suplicio diabólico dónde terminan los de perverso comportamiento- existen en la imaginación desde la prehistoria. Los relatos más remotos parecen ser registros de tradiciones verbales que precedieron al desarrollo de la escritura. Cielo e infierno figuran en las creencias de muchas culturas antiguas, de dónde pasaron a todas las religiones. ¿Son reales tales lugares? Replanteemos la pregunta para poder responderla: ¿son mayoritarios los creyentes en esos dominios sobrenaturales? Aparentemente sí.

¿Qué sabemos del cielo y el infierno? Para empezar, ambos aparecen en el credo del Concilio de Nicea (año 325) cuando se convirtieron en dogmas del cristianismo: “Creo en Jesucristo… que fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos…”

Algunas generalidades son admitidas: Cielo es alegría e infierno es tormento. ¿Qué más se conoce? Las descripciones del primero son menos precisas que las del segundo. Según Lisa Miller, autora de ‘Cielo’, un excelente libro que resume lo que se ha escrito sobre el tema, el ochenta por ciento de los norteamericanos cree en paraísos celestiales pero tienen pocos detalles para explicarlos. Del infierno, en el otro extremo, existe minuciosa información. Sabemos, por ejemplo, que allí hay “océanos hirvientes golpeando playas negras”, gracias a la imaginación del poeta inglés John Milton en su ‘Paraíso perdido’. Muchos otros escritos han contribuido con abundante información alrededor del tétrico lugar.

La conducta humana parece regirse más por el miedo a castigos que por el deseo de gratificaciones; así fue al menos para este columnista cuando era muchacho. En aquella lejana época, al igual que para muchos cristianos de todas las edades, mi comportamiento se guiaba por el terror a las llamas eternas y no por la expectativa de las delicias paradisíacas. Mi susto era permanente; yo me confesaba después de cualquier pecadillo o, por tarde, hacia el final del mes para poder comulgar y completar los denominados ‘nueve viernes’. ¿Qué eran los nueve viernes?

“Yo te prometo”, le dijo Jesús en una aparición a Santa Margarita María, una monja católica francesa del siglo XVII “que todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, no morirán en pecado y mi Corazón será su refugio en el último momento”. Yo completé como 18 o 27 viernes y, por lo tanto, dispongo de seguro de muerte: No moriré en pecado, así no haya cerca sacerdote alguno para absolverme.

Trasladémonos ahora al oriente asiático. La palabra ‘nirvana’ del hinduismo y del budismo ha sido equivocadamente traducida a los idiomas occidentales como ‘paraíso’. Nirvana es, en verdad, un estado mental de quietud, libertad y alegría, y no un lugar metafísico. El budismo, que cree en el renacimiento, la transferencia al morir, no de un espíritu con identidad, sino de una ‘corriente sutil de energía vital’, es una religión. Las enseñanzas del Buda no lo son. Las enseñanzas son una forma de vida donde no hay espacio para resurrecciones, reencarnaciones o corrientes sutiles; su esencia se encuentra en cuatro verdades elementales. Resumamos en un párrafo tres de ellas.

La primera establece la realidad del sufrimiento, esto es, la ansiedad y el estrés, los miedos y las ambiciones, las adicciones y las fobias de la vida diaria: Este es el infierno. La segunda expresa que el sufrimiento proviene de los deseos desordenados, las aversiones y las opiniones sesgadas, que se pueden eliminar. La tercera declara que, cuando esto se logra, aparece la armonía interior, el nirvana: Este es el cielo.

Cuando morimos ya no somos. No hay cielo para los buenos ni infierno para los malos. Permaneciendo siempre atentos, solo necesitamos observar nuestras intenciones y sopesar su bondad o maldad: ¿Hay en ellas avaricias, odios o prejuicios? Escuchamos entonces lo que nos dice la consciencia imparcial y procedemos en consecuencia. Obrando así, nuestro comportamiento será honesto y estaremos en el paraíso de la armonía. Si, por el contrario, nos dejamos manejar por los condicionamientos dañinos que la sociedad y los medios quieren imponernos, viviremos el infierno aquí, en esta Tierra… Y ningún ángel aparecerá a rescatarnos.

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde occidente’
@gustrada1