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¿Por qué buscamos la inmortalidad?

 

La afirmación de que nuestra vida, ‘mi vida’, tiene un propósito definido cuenta con muchísimos partidarios y unos cuantos contradictores. Los seguidores, sobra decirlo, consideran absurda e irracional la posición de sus antagonistas. Nos duele y fastidia la idea de que nuestra existencia carezca de propósito. Así parece ser, sin embargo. Las ciencias evolutivas son las mensajeras de la mala noticia.

Según el psicólogo norteamericano Steven Pinker, nuestro computador neuronal opera bajo arreglos mentales similares a los que apoyaron la buena forma física y el bienestar biológico de nuestros antepasados prehistóricos. El cerebro ‘moderno’ es esencialmente igual al de nuestros ancestros de hace doscientos mil años; el entorno donde se mueve ese cerebro, en cambio, es extraordinariamente diferente.

El bombardeo sensorial al cual nos somete el mundo contemporáneo, por una parte, y la satisfacción completa de nuestras necesidades básicas, por otra, hacen que el ‘Homo sapiens’ reciente busque sensaciones placenteras en metas que, como el consumo de estupefacientes, nada tienen que ver con la supervivencia individual o de la especie.

De manera similar, el agrado de completar proyectos puntuales —un mejor empleo, una conquista romántica, una gran celebración— nos lleva a pensar que toda nuestra existencia es un gran proyecto de vida, con un designio concreto para el hecho de estar vivo. Tal designio es ficticio. Dice el biólogo norteamericano Edward Wilson: “Ninguna especie, ni siquiera nuestra especie, posee propósito alguno más allá de los imperativos creados por su historia genética”.

La vida humana es más un proceso natural (el transcurrir de un fenómeno), que un proyecto (la búsqueda de un objetivo). Un proceso implica continuidad de flujo para seguir funcionando bien. Un proyecto demanda cambios hacia algo distinto para funcionar de manera diferente. Según Krishnamurti, cuando alguien insiste en buscarle objetivos a la vida es porque encuentra vacía la suya propia. Se pregunta el filósofo hindú: “¿Tiene la vida un significado, un propósito? ¿No es vivir en sí mismo un propósito? ¿Por qué queremos más?”

La Teoría del Manejo del Terror (TMT), una disciplina de los años ochenta que ha despertado gran interés en el siglo XXI, respalda a Stephen Pinker desde otra perspectiva. El ‘terror’ de esta teoría es nuestro pánico a la muerte —consciente unas veces, inconsciente la mayoría— y a nuestra inevitable desaparición. Sabemos con certeza que estamos vivos pero no podemos ni siquiera imaginarnos muertos; la frase “estoy muerto” jamás se pronuncia en su sentido literal.

Según la TMT, las fuerzas evolutivas de la selección natural, que por eternidades han sostenido vidas y especies, están codificadas en nuestros genes para que perduremos. El verbo ‘morir’ no está en el diccionario del ADN. Exceptuando suicidas y filicidas, todos buscamos la supervivencia propia y la de nuestros descendientes.

Para contrarrestar la angustia existencial de nuestra mortalidad, los humanos hemos desarrollado diversos mecanismos de defensa que buscan proveernos cierta continuidad existencial a través de símbolos o valores culturales, tales como premios, normas, doctrinas políticas y creencias religiosas.

Estos símbolos regulan nuestro comportamiento, condicionan nuestra auto-estima al cumplimiento de las expectativas culturales y apaciguan nuestro miedo a morir. La consolidación y la extrapolación de esos valores generan en cada individuo la certidumbre de que su vida tiene un propósito específico.

Los objetivos que le hemos buscado a nuestro paso por este planeta son muy diversos —trascendentales, altruistas, románticos, individualistas, hedonistas, etc.— en una amplísima gama de modalidades que nos pintan el cielo, el reconocimiento, el amor, el poder o las riquezas. Tales objetivos, seamos o no conscientes de ello, nos engañan con una cierta dosis de ‘inmortalidad’.

Esta ‘inmortalidad’ ha de trascender la muerte física y el humor explica esto mejor que la misma ciencia. El novelista norteamericano Chuck Palahniuk describe así esta distorsionada inmortalidad: “Todos morimos. Nuestro objetivo no es vivir para siempre sino más bien lograr algo que sí lo consiga.” ¿Será uno de tantos ‘algos’ el propósito de nuestra vida? Lo dudo.

 

Gustavo Estrada

gustrada1@gmail.com

Autor de 'Hacia el Buda desde el Occidente'