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Atlanta, febrero 14 de 2013

 

La flecha del sufrimiento

 

El Buda dice que hay personas de mente condicionada por apegos y aversiones, y personas de mente ecuánime sin preferencias ni sesgos. Unas y otras enfrentan por igual adversidades pero sus reacciones son diferentes. Ante una desgracia, según el Sabio de la India, “los condicionados experimentan pena, como es natural e inevitable, y después se obsesionan con la tragedia que les ha ocurrido. Su comportamiento es como si inicialmente se les clavara una flecha física y luego una flecha mental; esta segunda flecha, más duradera y punzante, termina haciéndoles esclavos del sufrimiento. Los ecuánimes, por su parte, también sienten la pena de las desgracias pero pasado un tiempo las dejan atrás, corrigen las cosas remediables y aceptan las que no lo son. A diferencia de los condicionados, la segunda flecha no hace blanco en los ecuánimes y a ellos nunca los esclaviza el sufrimiento”. 

Recientemente la suerte me asestó el golpe más despiadado que he recibido en mi vida: Uno de mis hijos murió en un ataque terrorista islámico en Argelia. Quiero creer que mi intolerable pena es solo una primera flecha y que su intensidad amainará más temprano que tarde. El Buda sostiene que la atención plena -la observación permanente y neutral del cuerpo, de las sensaciones y de los estados mentales- es el camino que debemos seguir para esquivar las segundas flechas. Sin embargo, copiando al poeta Porfirio Barba Jacob, mi dolor es “tan íntimo y tan fiero, de tan cruel dominio y trágica opresión”, que mi confianza en las Enseñanzas del Buda pareciera estar tambaleando.

Sugiere el filósofo Stephen Cave que los humanos, cuando rechazamos la transitoriedad de nuestro viaje cósmico, nos inventamos diversas leyendas de inmortalidad, sea por extensión de años con procedimientos mágicos o biológicos, por la creencia en una existencia posterior como producto de algún fenómeno metafísico, o por la expectativa de recordación eterna por las buenas obras que hayamos ejecutado en esta ‘primera’ vida.

Hay una alternativa adicional que no consideró el pensador británico. Los genes, bien lo sabemos, son la unidad de la herencia y la información codificada en cada uno de ellos es eterna. Dice el biólogo evolucionista Richard Dawkins que en el proceso de reproducción de los seres vivos “cada gen salta de cuerpo a cuerpo, a través de generaciones, dejando atrás una sucesión de organismos perecederos antes de que estos se hundan en senilidad y muerte. Los genes son inmortales, o más bien, están definidos como entidades genéticas que bien pueden merecer tal título”.

La defensa y promoción de la supervivencia de su especie parece intrínseca a la inmortalidad de los genes; la selección natural darwiniana siempre favoreció a los individuos más aptos y a las especies más cuidadosas de su descendencia. La protección de nuestros hijos -por el cuidado y, sobre todo, por el amor- está en nuestra naturaleza y nos lleva a creer que moriremos antes de ellos. ¡Grave equivocación!.

Desde tiempo atrás tuve clara consciencia de mi transitoriedad y de mi eventual desaparición. Mi genoma me engañó, desafortunadamente, y sembró en mi cabeza la idea de una ilusoria ‘eternidad’ en mis hijos, por la cual yo jamás experimentaría en carne propia la transitoriedad de mis descendientes.

Dicen quienes han pasado por semejante tragedia que la primera flecha de la muerte de un hijo es más duradera que la de cualquier otro ser querido. Si el inmenso amor que profeso por mi hijo desaparecido está más allá de mi capacidad de aceptación de la triste realidad, esto es, si no reemplazo mi tristeza infinita por los incontables y hermosas memorias que me deja su existencia, ello no quiere decir que las enseñanzas del Buda estén equivocadas.

Mi frustración solo significará que mi consciencia de las señales del sufrimiento está lejos de ser plena e imparcial. Si no logro estar atento a mi cuerpo, a mis sensaciones y a mis estados mentales, la segunda flecha de la metáfora budista me acompañará hasta el final de mis días. Confío que la meditación me ayudará para que así no sea porque ¡qué horror! cómo duele la muerte injusta de un hijo.

Gustavo Estrada


Autor de ‘Hacia el Buda desde el occidente’

gustrada1@gmail.com



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