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Habitantes de tiempos remotos y planetas lejanos
 

 Atlanta, septiembre 12, 2010

En excavaciones por todo nuestro planeta, los antropólogos y los arqueólogos están continuamente hallando milenarios fósiles de enigmáticos homínidos.  (Los homínidos son los individuos pertenecientes al orden de los Primates superiores de los cuales la especie humana es la única superviviente). De la misma manera, otra clase de científicos, los astrónomos, hurgando el infinito celestial, están descubriendo todos los días nuevos planetas, algunos de los cuales, según los cálculos de los más optimistas, podrían albergar vida e inteligencia.  

Ambos grupos de sabios se devanan sus cerebros preguntándose los tipos de civilizaciones que podrían haber tenido los remotos homínidos terrícolas y las expresiones culturales que puedan tener los lejanos extraterrestres actuales. Los investigadores, con admirable constancia, tratan de averiguar algo de ellos, de saber cómo fueron los unos y cómo son los otros. Yo, por mi parte, solamente me hago dos preguntas irreverentes: ¿Shiva, Jehová, Dios y Alá, tan reconocidos en nuestra Tierra de hoy, se habrán comunicado millares o millones de años atrás con nuestros antecesores homínidos o se estarán comunicando ahora con los extraterrestres contemporáneos? ¿Les habrán enviado, como a nosotros, sus avatares y sus profetas? Nunca lo sabremos.
 
Los antropólogos son admirables. Se encuentran un fósil de peroné y rápidamente determinan que tiene tres millones de años e infieren el tamaño exacto de su cerebro, su sexo (masculino o femenino, no la frecuencia), y si caminaba erecto o en cuatro extremidades. Ubican una mandíbula del pleistoceno reciente y muy pronto conocen cómo se alimentaba el personaje y diagnostican que el pobre murió envenado.
 
Lo que no logran descifrar los investigadores es por qué todas las especies pasadas, excepto el Homo sapiens, desaparecieron sin siquiera decir adiós. La lista de extintos es larga —Homo habilis, Homo erectus, Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis, siguen más nombres— y creciendo continuamente. Las dos adiciones más recientes al catálogo de difuntos son de estos últimos tres meses. La primera, de cuarenta mil años de antigüedad, a la que han denominado X mientras la bautizan, corresponde a una niña cuyo dedo meñique fue encontrado en Siberia y cuyo ADN garantiza que se trata de una especie nueva. La segunda, el Australopithecus sediba, se deduce de los fragmentos de dos esqueletos de dos millones de años hallados en Suráfrica; por la forma de su pelvis y el tamaño de sus dientes, estos señores dizque son casi humanos (y que si no se hubieran extinguido sin duda alguna asistirían al mundial de futbol).
 

Las conjeturas de los antropólogos acerca de los terrícolas desaparecidos son bastante razonables. Por ejemplo, del Homo neanderthalensis, nuestro pariente más próximo, que vivió desde hace cuatrocientos mil años hasta hace treinta mil, sabemos con certeza que fabricaba artefactos manuales (se han encontrado en cavernas) y tenía rituales funerarios (hay pistas claras de ello en la Cueva de Shanidar en Irak). De los habitantes cósmicos, en cambio, nada podemos saber y sólo logramos inventárnoslos en películas de ciencia ficción. Allí la imaginación carece de límite y no requiere de fundamento científico alguno.

En cuanto a los galácticos, se cumplen ya cincuenta años desde cuando, durante cuatro meses en los años sesenta, el astrónomo norteamericano Frank Drake apuntó hacia las estrellas un radiotelescopio con la esperanza de escuchar el posible parloteo electrónico de hipotéticos y avanzados seres cósmicos. No alcanzó a escuchar chisme alguno (los “chuzadores” colombianos del Departamento Administrativo de Seguridad hubieran hecho un mejor trabajo) pero el esfuerzo fue el comienzo de lo que se conoce como SETI, la sigla en inglés para la “búsqueda de inteligencia extraterrestre”.

La inmensidad del universo —el número estimado de galaxias excede cien mil millones— hace muy posible que haya vida inteligente en algún otro planeta; los darwinistas aseguran que esa vida debe haber evolucionado, como ocurrió aquí en la Tierra, por selección natural y supervivencia del más fuerte (léase que los extraterrestres deben ser iguales de peleones a nosotros). Pero la misma inmensidad hace improbable que alguna vez lleguemos a comunicarnos; una señal, viajando a la velocidad de la luz, tardará decenios en ir y volver hasta la estrella más cercana. Como parte de los proyectos SETI, hay millares de chiflados enviando especies de e-mails al cosmos esperando que alguien los escuche y los conteste. (Ojalá los destinatarios no lo eliminen como SPAM). Desafortunadamente nuestros tetra-tataranietos, cuando reciban la esperada respuesta, no tendrán ni malicia acerca de cuál fue la pregunta que alguien les hizo mucho tiempo atrás.

Como parte de la celebración del cincuentenario de SETI, el periódico londinense Daily Telegraph organizó recientemente un concurso para seleccionar los mejores mensajes que los terrícolas podríamos despacharles a los habitantes de las civilizaciones galácticas. Uno de los finalistas, que une los dos temas de esta nota y sirve para cerrarla, dice escueta y textualmente: “Hace dos mil años tuvimos el advenimiento iluminado del Hijo de nuestro Creador. ¿Ya les visitó a ustedes?” Porque escrito está, agrego yo, que de aquí salió para allá. 

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