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Creencias, fanatismo y violencia

 

Houston, January 23, 2013

Escribo esta nota con mi corazón destrozado. Mi hijo mayor murió en la reciente batalla entre unos terroristas que se tomaron un campo de gas en Argelia, África, y el ejército de ese país que entró a destruirlos.

El fanatismo islamista de esta ocasión fue el origen inmediato de la gran tragedia pero las causas anteriores de su absurda conducta se pierden en la historia de las religiones y los dogmas. En toda creencia desprovista de respaldo racional se encuentran las semillas del fanatismo que, una vez germinan, engendran el conflicto y la violencia.

El rasgo de nuestro comportamiento que no hemos logrado asimilar y, por lo tanto, no nos interesa cambiar, es la certeza que siempre tenemos acerca de nuestras propias ‘verdades’, las cuales en materias metafísicas casi siempre son ‘reveladas’. Tal certeza, inflexible por definición, convierte de inmediato en herejía cualquier pensamiento que discrepe de ella y en pecado cualquier desviación de sus reglas; su defensa y divulgación, considerando sus supuestas autenticidad y trascendencia, se vuelven obligación. La diferencia entre el terrorismo islamista del momento y los crímenes, recientes y remotos, de todas las fes son solo de forma e intensidad.      

La lista de pugnas sectarias a lo largo del tiempo es interminable. Aparecen allí, entre muchísimas, las barbaridades de la inquisición católica medieval, las guerras de religión que siguieron a la reforma protestante en Europa, los conflictos entre hinduistas y musulmanes en el norte de la India… Aún las trasparentes enseñanzas del Buda, una vez convertidas en dogma, han sido utilizadas para respaldar beligerancias diversas cuyo más reciente ejemplo es el enfrentamiento en Sri Lanka entre las mayorías budistas del gobierno, por un lado, y las minorías hinduistas y musulmanas de la oposición, por el otro.

Por supuesto que las religiones no son el único territorio donde se trazan rayas limítrofes y sobre el cual se aglutinan sectas aunque, eso sí, ellas conforman el dominio más etéreo. Pero los otros fanatismos -los nacionalistas, los raciales, los partidistas y hasta los deportivos- son también dañinos tanto para cada individuo como para toda la sociedad.

Las atrocidades nazis, las purgas soviéticas y los genocidios chinos son todavía memorias recientes. Estos otros fanatismos se comportan como si fueran adhesiones religiosas, confirmadas por principios físicos. Los amigos comunistas de mi ya lejana época universitaria sostenían que “la dialéctica marxista es una ley natural como la gravedad”.

En toda creencia sesgada y sectaria de cualquier índole está la simiente del fanatismo. La siembra de esta semilla en nuestro cerebro -sin darnos cuenta, como si fueran hierbas malas, por adhesión voluntaria, o por adiestramiento disciplinado- es el cultivo de la violencia que, una vez produce sus frutos tenebrosos, será muy difícil contener. El fanatismo y su consecuente odio asesinaron a mi hijo en Argelia y seguirán segando vidas inocentes. Ningún fanático reconoce su irracionalidad; sólo quienes carecen de creencias emotivas e infundadas son de verdad imparciales.

El pensamiento de Krishnamurti es luz moderna de ecuanimidad. Escribe este filósofo hindú del siglo XX: Cuando muchas personas dicen que aman a Dios, están amando “a una proyección de su propia imaginación, una proyección de sí mismos, revestida de ciertas formas de respetabilidad de acuerdo con lo que piensan que es noble y sagrado. Cuando adoran a Dios, se están adorando a sí mismos; esto no es amor”.

“Señor, hazme un instrumento de tu paz; que donde haya odio siembre yo amor’, reza una oración atribuida a Francisco de Asís, el santo italiano de hace ocho siglos. Aquí “Señor”, en mi admiración por este poema, puede ser Dios o el Orden Cósmico, Alá o la Ley Natural, Vishnú o el Subconsciente Colectivo, Jehová o el Dhamma. Este es el mensaje de esperanza que ha brotado de mi infinita tristeza. Se puede insensatamente asesinar a nombre de un ‘todopoderoso’ que toma partido por sus elegidos pero no es posible matar, ni siquiera herir, cuando en nuestro corazón reina el amor.

 

Gustavo Estrada

Autor de 'Hacia el Buda desde el Occidente'