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LSD, antidepresivos y serotonina

 

 ¿Qué tienen en común el funcionamiento en el cerebro del LSD, el célebre ácido de los años sesenta, y el de los antidepresivos como Prozac, Paxil y Zoloft, tan de moda en el último cuarto de siglo? La respuesta es ‘serotonina’, el mensajero químico producido por el sistema nervioso central que algunos denominan el neurotransmisor de la felicidad.

 

El neurocientífico Marc Lewis, ex consumidor él mismo de todo tipo de drogas y autor del libro ‘Memorias de un cerebro adicto’, considera interesante que la serotonina haya sido en ambos casos el blanco de invasiones culturales mayores de sustancias químicas, resaltando que los antidepresivos de hoy buscan cambiar la experiencia humana en una dirección opuesta a la del LSD del siglo pasado.

 

La serotonina (también producida en el tracto gastrointestinal para otros propósitos) es un compuesto químico que reduce la actividad de las neuronas, con el fin de parar la llegada de datos inútiles a la mente consciente. El volumen de información que maneja el cerebro es tan descomunal que la sobrecarga de basura nos enloquecería en minutos si no fuera por la acción de la serotonina.

 

Según el Doctor Lewis, el LSD inhabilita en las neuronas los receptores de serotonina, algo equivalente a quitar los porteros que controlan el ingreso a un evento. Cuando esto ocurre, se nos cuela todo el mundo al espectáculo cerebral y experimentamos, entre otras cosas, una descarga desbocada de sensaciones, formas, colores y sonidos. Un viaje de LSD dizque genera (no me consta) alteraciones mayores de todas las percepciones; el usuario experimenta algo así como sueños despiertos, de una duración e intensidad mucho mayores que la de los sueños corrientes.

 

Las experiencias cambian, no solo de una persona a otra sino de un viaje al siguiente. Los sueños son, en general, placenteros pero pueden también convertirse en pesadillas. Algunos consumidores aseguran que la droga les cataliza trances espirituales como los descritos en las escrituras sagradas de varias religiones. (O los hippies del siglo pasado exageraron, o los profetas elegidos metieron algún tipo de ácido). 

A diferencia de otras drogas, el LSD no es adictivo, no parece causar daños cerebrales, y tiene baja toxicidad. Por estas ‘ventajas’, ha sido investigado en busca de beneficios médicos, tan extensiva como infructuosamente. El LSD, prohibido por la Convención de las Naciones Unidas sobre sustancias sicotrópicas, parece pues ser cosa del pasado.

El Prozac, el Paxil y su larga lista de compinches, por otro lado, son los fármacos más recetados del mundo moderno. Estos compuestos son “inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina” (ISRS’s), que “dejan a la serotonina libre en vez de mandarla a la cárcel”. Los ISRS’s intervienen para que el químico de la felicidad ande suelto por todas partes, haciendo bien su trabajo de atajar cuantas señales haya de amenazas imaginarias, deseos desbocados o memorias ingratas.

Gracias a estos antidepresivos, hay abundancia de nuestro neurotransmisor que no para de atajar todas las cosas deprimentes que nos producen “ansiedad, angustia y desesperación”, haciendo que los usuarios se sientan chéveres, sin necesidad de ver estrellitas danzantes o arroyuelos coloridos.

Nunca he consumido LSD buscando sensaciones especiales y, mucho menos, espiritualidad sintética; tampoco he necesitado de los ISRS’s para los bajones de ánimo que, creo, todos tenemos de vez en cuando. Mi práctica de meditación satisface mis necesidades de espiritualidad y me espanta la depresión.

Con meditación o sin ella, espero que usted tampoco necesite de los ISRS’s; aunque no son adictivos, la gente se acostumbra demasiado a ellos. Ahora, sabiendo ya usted de dónde viene la depresión, cuando alguien le pregunte los motivos por los cuales está tan aburrido, bien puede responderle calmadamente: “La culpa no es mía sino de mi sistema nervioso central que se niega a generar suficiente serotonina”. El chismoso no entenderá ni pío de lo que le está diciendo pero, eso sí, dejará de meterse en su vida. Entonces a usted se le levantará el ánimo.

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